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lunes, 8 de octubre de 2012

Cataluña, América y la Hispanidad (V)


Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña


En el siglo XVIII los viajes de investigación a las regiones de ultramar se multiplican y además amplían sus objetivos, de tal manera que hablar de Ilustración es relacionarla inexorablemente con viajes. España organizó su viaje de exploración al Pacífico y el Atlántico Sur en el navegante y explorador italiano Alejandro Malaspina.

LOS SOLDADOS DE NOOTKA: TROPAS COLONIALES ESPAÑOLAS EN CANADA A FINALES DEL SIGLO XVIII.

Cuando España estableció un puesto permanente en Nootka en 1790, envió allí una compañía de guarnición, la Primera Compañía franca de Voluntarios de Cataluña. Este fue el primer grupo relativamente importante de europeos que llegaba a la isla de Vancuver con el propósito de permanecer en ella durante más que una temporada. Militarmente hablando, esta unidad fue la primera apostada en lo que hoy es la Columbia Británica, y construyó la primera fortificación al estilo europeo -una batería de artillería- en lo que hoy es la costa canadiense del Pacífico.

El establecimiento de Nootka desencadenó una crisis que estuvo a punto de provocar una guerra entre Gran Bretaña, España y Francia. Afortunadamente, prevaleció la templanza. La solución diplomática a la crisis de Nootka, resuelta en Europa, preveía que la plaza debería evacuarse puesto que nadie deseaba ir a la guerra. Pero en el interin, los Voluntarios Catalanes sirvieron en Nootka durante varios años, luego remplazados por una escuadra de 19 hombres bajo el mando de un sargento de la Compañía de San Blas, que la evacuaron al retirarse finalmente en 1795.

LOS VOLUNTARIOS DE CATALUÑA.

Este cuerpo colonial se formó en abril de 1767, como una compañía independiente. Sus 4 oficiales, 4 sargentos, 2 tambores y 94 cabos y soldados fueron destacados del Segundo Regimiento de Voluntarios de Cataluña, en Barcelona. El Segundo regimiento metropolitano había sido reclutado cinco años antes en la montañosa provincia de Cataluña, al nordeste de España, vestido y equipado conforme al tradicional estilo de los Migueletes, unidades de infantería ligera de montaña. Como resultado, la nueva Compañía asumió las tradiciones del 2º Regimiento. Aunque formada en 1767, la colonial Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña reclamaba su precedencia desde 1762, fecha de creación del 20 Regimiento, y llevaba el mismo uniforme azul con divisa amarilla y botones en plata. Hubo variaciones en algunos detalles, como se verá más abajo.

La nueva Compañía Independiente estaba originalmente prevista para servir en La Habana, pero se juzgó más urgente la necesidad de tropas en Nueva España y los Voluntarios Catalanes zarparon de Cádiz, a finales de abril, con destino a Méjico. Tras una escala en La Habana, desembarcaron en Veracruz en agosto y marcharon al interior del país. El cuerpo fue destinado a Tepic pero poco después sería empleado en la expedición de Sonora, donde encontraron a otra unidad colonial catalana: los Fusileros de Montaña.

En 1769, un destacamento de Voluntarios de Cataluña exploró la Alta California (actual estado de California, Estados Unidos), colaborando en la construcción de San Diego y Monterrey, y formó parte de la expedición que descubrió la Bahía de San Francisco en octubre del mismo año.

El 12 de noviembre de 1772 se enviaron instrucciones desde España para fusionar las dos unidades catalanas en un único cuerpo de dos compañías de Voluntarios de Cataluña. De acuerdo con ellas, las dos compañías fueron organizadas a principios de 1773, consistiendo cada una de 3 oficiales y 80 hombres. En adelante, la unidad fue definitivamente incluida entre las tropas coloniales regulares de Nueva España.

Guadalajara se convirtió en la base de las dos compañías catalanas, alternándose en el servicio de las provincias fronterizas hasta que una era relevada por la otra, mientras que la compañía que quedaba en Guadalajara aportaba pequeños destacamentos a San Blas y Real del Monte. Otros fueron enviados para la exploración de la Alta California junto a la caballería presidial. Las misiones se sucedían y, paulatinamente, los Voluntarios de Cataluña se convirtieron en una verdadera unidad colonial.

A finales de agosto de 1789, la primera compañía permanecía tranquilamente en Guadalajara cuando se recibieron órdenes de Ciudad de Méjico para que preparasen su marcha a la base naval de San Blas, con vistas a una expedición al Pacífico Norte. Mandaba la Primera Compañía el Capitán Pedro Alberni, que tenía algunos hombres enfermos y el equipo en deficiente estado para acometer tal expedición. Finalmente rehecha, a falta de un oficial que quedó enfermo, la compañía partió hacia San Blas el 2 de enero de 1790. El Capitán Alberni y su compañía embarcaron en la fragata Concepción, al mando del Teniente de navío Francisco Eliza, que zarpó el 3 de febrero hacia Nootka, junto con el San Carlos y la Princesa Real.

El 25 de marzo, la Concepción y el San Carlos anclaron en Nootka. Pronto desembarcaron 80 hombres que comenzaron a trabajar en la reparación y mejora de los barracones, empalizadas y plataformas de los cañones que había construido el Capitán Martínez el año anterior. Hacia mediados de abril, una batería de artillería dominaba la entrada a la Ensenada de Nootka desde una posición eminente. Se la llamó Batería de San Miguel. La Princesa Real permaneció anclada en la rada y, eventualmente, fue utilizada como batería flotante de apoyo a la de San Miguel. Estos trabajos defensivos eran relativamente modestos, como en todos los presidios españoles al norte de Méjico. Ninguno habría resistido el asedio de una fuerza europea bien equipada, más bien eran avanzadillas de la civilización en los confines del mundo conocido. La batería de Nootka habría podido oponerse a mercantes bien armados o, incluso, a una fragata. Realmente, era todo lo que se necesitaba ya que la probabilidad de encontrarse con grandes buques de línea en el Pacífico Norte era muy remota en aquella época.

Las fortificaciones fueron diligentemente mejoradas y, para el verano de 1792, los cañones de la batería de San Miguel estaban protegidos por troneras y también se había construido una nueva residencia de paredes encaladas para los oficiales, mucho más confortable. Un interesante aspecto de las fortificaciones de Nootka era la ausencia de defensas contra fuerzas de desembarco de posibles enemigos, o contra indios que atacaran por tierra. Claramente, el ataque terrestre no fue considerado como la mayor amenaza.

La estancia de la Compañía de Voluntarios Catalanes en Nootka -quizá uno de los puestos más desamparados del Imperio español- fue muy dura. La zona era de gran belleza escénica, pero ello debía ser de poco consuelo para unos hombres acostumbrados al cálido y soleado clima de Méjico mientras soportaban el frío, el viento y las lluvias invernales en la Isla de Vancuver. No todos se quedaron en Nootka, algunos fueron destinados para servir como marines a bordo de los veleros que partían de exploración mucho más al Norte. En 1791, 10 soldados fueron destacados para la expedición de Francisco Eliza a Mount Elias (Alaska). En 1792, un grupo de catalanes fue repartido en varios buques: 45 en la Princesa, 43 en la Virgen de Aranzazu, 40 en la Activa y 3 en la Mexicana. A pesar de las precauciones tomadas para el servicio en el Pacífico Norte, muchos perecieron de enfermedades y otros desertaron. En marzo de 1793, la compañía había quedado reducida a 59 soldados, frente a su máximo de 80. De ellos, solo había 14 en Nootka, los supervivientes de un crudo invierno que había causado muchas víctimas; los demás estaban a bordo de los buques de exploración. De todas formas, llegaron órdenes de reducir la guarnición de Nootka a 10 hombres, bajo el mando del Alférez Saavedra. En junio de 1794 fueron relevados por un contingente de 19 soldados, bajo el mando del Sargento segundo Virueta, destacados de la compañía de guarnición de la base naval de San Blas, en Méjico.

Así concluyó el periplo de servicio de los Voluntarios de Cataluña en lo que hoy es una parte de Canadá. La unidad fue destinada después en California y, más adelante, contra los insurgentes en Méjico. Allí recibió los elogios del Virrey Calleja por su buen historial de servicios, pero había perdido demasiados hombres y poco después de 1815, fue amalgamada entre otras unidades realistas.

El servicio de guarnición en Nootka de los 20 hombres de este cuerpo terminó el 23 de marzo de 1795. De acuerdo con las formalidades previstas por los comisionados hispano-británicos, las últimas tropas españolas embarcaron en la Activa y abandonaron el Estrecho de Nootka a sus originales dueños; el jefe Maquina y sus súbditos.

Cataluña, América y la Hispanidad (IV)


Joan Orpí





Joan Orpí, nacido en Piera (Barcelona), fue nombrado en 1631 capitán conquistador y gobernador de todo el territorio que ocupase en la Venezuela occidental por la Real Audiencia.

Tras cruzar un inmenso territorio plagado de las tribus más dispares, estableció en el Valle de Aragua un fuerte que denominó San Pedro Mártir. Desde allí soñó fundar la “Nueva Cataluña” y buscó un emplazamiento para establecer la capital. Finalmente, le concedió a uno de sus capitanes una planicie que le había sido adjudicada, Vicente Ferrer, y allí se erigió “Nueva Barcelona”. La nueva población se inauguró oficialmente el 19 de diciembre de 1637 y su cense recogía doscientas almas.

En 1638, Orpí retrocedió hacia las tierras de los palencos, antiguos enemigos, para fundar “Nueva Tarragona”. Su sueño era fundar una red de ciudades que emularan la vieja Cataluña. Pero la presencia de holandeses, que habían ocupado Curaçao, lo obligó a desviar sus fuerzas e impidió que su proyecto progresara. Aun así, en sus escritos solía firmar: “Juan Orpí, conquistador de la nueva Cathaluña”.

En 1645 moría y en 1671 su “Nueva Barcelona” fue trasladada a la ribera pasando a llamarse simplemente “Barcelona”.

domingo, 3 de junio de 2012

Los primeros "Jocs Florals"




Los primeros Juegos Florales se celebraron en Barcelona en 1859.

Fueron tomados como una restauración de los antiguos juegos medievales y como una manifestación visible del renacimiento de la lengua catalana.

Lo cierto es que los Juegos Florales ya estaban extendidos por muchas ciudades de toda España.

Estos primeros Juegos fueron presididos por el obispo, el vicerrector de la Universidad y el alcalde de Barcelona. El alcalde, José de Santamaría, en una breve intervención en castellano inauguró el evento. A continuación, Milà i Fontanals, en lengua catalana, también en un breve discurso expresó la fidelidad del Ayuntamiento de Barcelona a la nación española.  El discurso intentaba disipar las dudas de aquellos que esperaban que el ensalzamiento del catalán generaría discordias o negaba la españolidad de los catalanes:

“…y si en este sentimiento alguno quisiese ver peligros y discordias o una disminución del amor a la patria común, podríamos responder que fueron catalanes muchos de los que ensangrentaron las aguas de Lepanto y de los que cazaron a las águilas francesas; y podríamos repetir un aforismo ya usado al tratar de uno de los mejores catalanes y más ardientes españoles que ha habido jamás (Antoni Capmany): No puede amar a su nación quien no ama a su provincia”.

Luego habló Antonio de Bofarull y se preguntó, refiriéndose a España:

“¿Qué es la nación, sino una gran familia?”

Para luego argumentar que el padre tiene que contemplar a todos sus hijos, en alusión a que en España se debería respetar que sus hijos catalanes escribieran en catalán. En ningún momento se puso en duda la españolidad de Cataluña.

Aquellos primeros Juegos Florales se han mitificado y presentado como un acontecimiento que aunó a toda Cataluña para el “renacimiento” de su conciencia colectiva. Pero lo cierto es que los Juegos tuvieron una fuerte oposición entre muchos literatos catalanes. Este rechazo se produjo sobe todo en jóvenes autores que normalmente escribían en catalán pero que no soportaban el carácter medievalizante y conservador de los organizadores.

Cataluña, América y la Hispanidad (III)



Castilla mantuvo el  “monopolio” en la conquista de América y su comercio. Aunque históricamente sigue habiendo un misterio, pues no se conoce un solo texto leal que prohibiera a los catalanes ir a América, excepto el testamento de Isabel la Católica, que concede a los castellanos ese usufructo. En las Cortes de Monzón de 1585, los procuradores se quejaron de que no se permitiera a los naturales de Aragón trasladarse a las Indias. Pero, como propone el historiador Xavier Fàbregas:

“Quien se proponía pasar a América había de vencer una serie de dificultades, pero si actuaba con tozudez acababa llegando. El monopolio representaba más un freno colectivo que un freno individual”.

Un profesor de la Universidad de Barcelona, Carlos Martínez Shaw publicaba, en 1981 Cataluña en la carrera de las Indias, en la que demuestra que Cataluña no fu excluida del comercio con América. Un ejemplo de esta permeabilidad es Joan Claret, un comerciante del siglo XVI, que financió expediciones a América, o la familia Cabot, que fue extendiendo sus redes comerciales por el Río de la Plata.

A finales del siglo XVII se producirán las primeras oleadas de misioneros catalanes y en el siglo XVIII, de comerciantes, gracias a las disposiciones de Carlos III. Pese a que los nacionalistas desprecian el Decreto de Nueva Planta, fue gracias a él que se eliminaron las aduanas interiores y así los súbditos de la Corona de Aragón pudieron acceder a comerciar a América.

Un importante detalle histórico a tener en cuenta es que los catalanes, con los años, se habían adueñado del negocio de las aduanas interiores establecidas por Castilla. Los beneficios que suponían para Cataluña eran sustanciosos. Por eso, luchar contra el monopolio de Castilla implicaba también sacrificar el gran negocio que las aduanas suponían.

También se podría explicar la ausencia proporcional de catalanes en los dos primeros siglos de la conquista de América no tanto por las dificultades sino por el espíritu catalán de aquel entonces. Jaume Vicens Vives propone en su Notícia de Catalunya que:

“Los catalanes del siglo XVI habían llevado una existencia mediocre, pero satisfecha. Castilla había tomado la dirección de los asuntos externos de la Monarquía hispánica, tanto en la vieja Europa como en la nueva América, y ningún catalán le regateaba los laureles de la gloria ni el peso asfixiante de la lucha. Los burgueses barceloneses se entretenían en sus torres de la cercanía urbana, atendían a la mejora del cultivo de la tierra y se embarcaban pocas veces en un pequeño comercio mediterráneo”.

Una gran verdad que no quita la presencia de catalanes en América que podrían rivalizar con Pizarro o Cabeza de Vaca.

La política del nacionalismo catalán





El catalán Joaquín Samaruc escribió en 1924 una sugerente obra titulada Cien años de Catalanismo. La Mancomunidad de Cataluña, en la que consigue caracterizar perfectamente la política de la Lliga Regionalista, primer gran partido político del nacionalismo catalán:

“Era el aprovechamiento de los acontecimientos, por ellos provocados, para favorecer sus fines partidistas; astutamente la Lliga Regionalista ha aprovechado siempre todas las coyunturas para hacer creer a los catalanes la fábula de la antipatía que sienten, por Cataluña, los demás españoles”.

En otra parte de la obra, en referencia a la manipulación partidista que los nacionalistas hicieron de la Mancomunidad, completa el argumento:

“Provocar el frenesí en Cataluña, era amedrentar con el trueno a los gobiernos enclenques residentes en Castilla y conseguir dádivas para apaciguar la cólera catalanista. Los crédulos del Principado, con sus frecuentes y siempre oportunos ataques de epilepsia sentimental, presentaban inapreciables servicios a los directores de la farsa, que por este medio mantenían en la más abyecta sumisión a los gobernantes de la patria”.

En esto se especializó el primer catalanismo político: crear sentimientos de ofensa en los catalanes, que luego servían para reclamar en Madrid beneficios políticos. Y como lo recibido no se correspondía a las expectativas, siempre exageradas, el agravio aumentaba y el arma política se recargaba. Los Gobiernos en Madrid habían creído calmar al nacionalismo con ciertas concesiones pero, sigue Samaruc:

“Los triunfos que significaban tales concesiones, en vez de obrar como sedativos, producían en los regionalistas el efecto de enérgicos estimulantes”.

Tras ocho décadas de escribirse estas líneas se comprueba que son de una actualidad tremenda. Los que en Madrid, al iniciarse la transición democrática, soñaban que concediendo el Estatuto de Autonomía a Cataluña, apaciguarían el sentimiento nacionalista, lo único que consiguieron es que se incrementara. Y el primer Estatuto, con los años, ya no se vio como un beneficio para Cataluña, sino como un corsé opresor. Por eso había que hacer otro. Cada vez que el Gobierno nacional ha concedido el traspaso de una competencia al Gobierno autónomo, éste nunca ha quedado satisfecho y ha iniciado la siguiente reivindicación. Se puede concluir que, aunque en el inicio de la Lliga una parte importante de sus integrantes ni siquiera eran nacionalistas y las reivindicaciones y discursos anti-castellanos eran pura estrategia política, con el tiempo, ellos mismos se embebieron de sus discursos y acabaron convencidos de sus calculadas mentiras. Lo peor es que arrastraron en su ensimismamiento a una parte de la opinión pública catalana que acabó engendrando un sentimiento de aversión primero a Madrid, luego a Castilla y, ahora, a España. Para Samaruc, en la obra antes citada, nada más nacer el catalanismo político, moría el catalanismo puro e ideal de los inicios que no había salido, ni querido salir, del ámbito literario y cultural:

“La fecha de constitución de la Lliga Regionalista señaló el punto inicial de la degeneración del catalanismo doctrinario. El bardo romántico y soñador se convirtió en un especulador maquiavélico; el anhelo noble, en ambición bastarda; el destierro austero, en inmoral intervención de la cosa pública. En aras del egoísmo se sacrificó el amor a la patria y se fomentó una política anti-española, no como resultante de un odio, pero sí de un cálculo”.

Pero este discurso calculado y demagógico llevó finalmente al odio. Y no hay peor odio que el que no se puede objetivar y racionalizar. Éste es el drama del nacionalismo actual: sabe que odia, pero no sabe por qué odia.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Catalanes en todas las gestas militares españolas



Los catalanes, tras la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, participaron en las gestas militares de las armas españolas. Encontramos catalanes en la toma de Granada en 1492. Igualmente, acompañaron al Gran Capitán en la reconquista de Calabria (1502-1503) y en la conquista de Navarra (1512).
Cabe mencionar al tortosino Joan de Aldana, que fue militar al servicio de Fernando II y de Carlos I. Llegó a ostentar el cargo de Coronel mayor del tercio español de los italianos.

Soldados catalanes estuvieron presentes a lo largo de todo el siglo XVI en las campañas de Túnez o en la represión de la revuelta morisca de Granada entre 1567 y 1572.

En ningún lugar se celebró con tanto entusiasmo la Batalla de Lepanto (1571) como en Cataluña, de la que dura la devoción al Cristo de Lepanto en la Catedral de Barcelona. Aunque la fama de esa batalla se la llevará el joven Juan de Austria, uno de los grandes artífices de la victoria fue el catalán Luis de Recasens.

En la Orden del Hospital, que dominó la Isla de Malta durante tres siglos, varios de sus Grandes Maestros fueron catalanes. O sea, que los catalanes participaron en la consolidación del incipiente imperio español.

Antes de la unión de las dos Coronas en el siglo XV, Cataluña formaba parte de la “comunidad hispánica”, en palabras de Juame Vicens Vives, y estaba acostumbrada a cooperar en las gestas y empresas comunes con otros reinos. El historiador catalán señala que:

“La libertad de acción que a cada miembro de la comunidad hispánica medieval daba el hecho de sentirse solidario de una misma causa –como es principalmente la destrucción de la potencia de los ejércitos africanos en la península durante los siglos XII y XII-, sin vasallajes mutuos, permite enfocar bajo una nueva y agradable luz los continuados reclamos de castellanos, portugueses y catalanes a España y a los hechos españoles (…) Por tanto, el pluralismo medieval hispánico no provocó ni agitaciones, ni topadas, ni quebraderos de cabeza entre castellanos y catalanes”.

Cataluña, América y la Hispanidad (II)





Siempre ha resultado sorprendente la contradicción entre el desprecio de los nacionalistas hacia la conquista de América y el entusiasmo ante la posibilidad de que Colón fuera catalán y no genovés. La bibliografía al respecto no ha dejado de crecer y presenta desde teorías estrafalarias hasta otras con mayor interés. Sin entrar en el tema, lo que sorprende ante el entusiasmo del lugar de nacimiento de Colón, es el olvido constante de todos aquellos catalanes que participaron en los primeros viajes colombinos.

El monumento dedicado a Colón en Barcelona, en el Portal de la Paz, al final de las Ramblas, es de sobra conocido. Aunque el público en general no atiende al grupo escultórico de la base, éste nos ilustra sobre el papel de algunos  catalanes en el descubrimiento de América. El monumento  fue diseñado por el arquitecto Cayetano Buïgas, padre de Carlos Buïgas, el ingeniero que diseñó las famosas fuentes luminosas de Montjuic. Buïgas era un hombre tradicional, católico y carlista. Aunque el encargo fue realizado en época de la República, la impronta tradicional  queda reflejada en el monumento. Una de las esculturas de la base representa al Padre Boil. Era un ermitaño que había sido aceptado por los benedictinos de Montserrat. Fue nombrado el primer Vicario General de las Indias y contó con doce monjes montserratinos que fueron los primeros evangelizadores de América. De hecho, las tres primeras iglesias levantadas en América estaban dedicadas a Montserrat, a Santa Tecla (patrona de Tarragona) y Santa Eulalia (patrona de Barcelona).

Otra de las esculturas representa a Pedro (Bertran) Margarit. Fue el jefe militar durante la segunda expedición de Colón y acabó siendo gobernador de La Española. De él tomaron nombre las Islas Margaritas en el Caribe.

Una tercera escultura corresponde a Luis de Santángel, valenciano de nacimiento y tesorero real de Aragón, quien financió una parte muy importante del primer viaje de Colón. Su firma aparece, como secretario, en las capitulaciones de Santa Fe.

La cuarta corresponde a Jaume Ferrer de Blanes, uno de los cosmógrafos reconocidos internacionalmente en la época. De él nos ha quedado una carta de Colón en la que habla de “ésta nuestra España”. También de Jaume Ferrer será el primer mapamundi en el que se incluye América. La Corona de Aragón contaba con una buena tradición de cartógrafos pues, por ejemplo, Américo Vespucio utilizó el mapamundi del mallorquín Gabriel de Vallseca. Esta tradición facilitó el proyecto del viaje de Colón.

Otro misionero catalán de los primeros viajes fue Fray Ramón Pané. Actualmente es considerado el primer etnógrafo europeo en América por su obra Relación acerca de las antigüedades de los indios, que también fue traducido al catalán.

Sabemos de otro catalán, Miguel Ballester, que fue el alcalde de la fortaleza de la Concepción de la Vega en la Isla de La Española (actualmente República Dominicana y Haití). Ballester, haciendo honor al espíritu catalán, creó el primer ingenio destinado a la producción de azúcar a partir de la caña.

En el primer siglo de la conquista de América son muchos los catalanes que aparecen como protagonistas. Algunos, como Joan d’Espés, que firma unas capitulaciones de Carlos V para el establecimiento de “Nueva Andalucía” en América. Bartolomeu Ferrer fue jefe de la expedición que marchó de Tehuanpetec hasta la futura Oregón. También encontramos otros aventureros como Jaime Rasquí, que proyectó una expedición al Río de la Plata allá por 1550. O descubrimos misioneros catalanes como Josep Alemany Cunill, que evangelizó Nevada, o Miquel Doménech Veciana, misionero en Missouri; o los jesuitas Josep Paramàs, Bernat Ibáñez, Dídac González y Josep Solís que evangelizaron a los indios guaraníes en el Alto Panamá en el siglo XVIII.

Son tantos los nombres que la lista sería interminable.

lunes, 2 de abril de 2012

La Constitución de 1812 y Cataluña


El primer texto constitucional de la historia de España otorgó la soberanía nacional a la ciudadanía. Estableció la separación de poderes y la libertad de imprenta. Abolió la Inquisición y propugnó escuelas en todos los pueblos. Para su elaboración en Cádiz fueron elegidos 17 diputados de Cataluña, entre estos, Ramón Lázaro de Dou y de Bassols, primer presidente de las Cortes. José Espiga y Gadea, elegido por Lérida, fue uno de los representantes de la nación española que más influyó en la elaboración de la Constitución.

Diario de sesiones de las Cortes de Cádiz del 19 de marzo de 1812. 

Intentar modernizar la nación y reaccionar contra el viejo régimen absolutista que aún resiste en España a principios del siglo XIX. Con la monarquía (absolutistas) pero para la ciudadanía (liberales). La Constitución de Cádiz de 1812, que el pasado 19 de marzo cumplió 200 años, es el punto de partida del constitucionalismo español. El novedoso texto de 1812 duró poco (en 1814 fue abolido por Fernando VII), pero desde entonces, y tras los intentos de 1837, 1845, 1869, 1876 y 1931, aquel texto se convirtió en la primera piedra del edificio constitucional que hoy gozamos gracias a la Constitución de 1978.

En plena Guerra de la Independencia y sitiados por el Ejército francés, los diputados reunidos en Cádiz (convocados por la Junta Suprema Central el 20 de mayo de 1809 y elegidos por votación en julio de 1810) formulan y propugnan un texto liberal, estructurado, moderno, eso sí, largo (384 artículos), pero, sobre todo, un texto articulado que convierte a España en uno de los países más avanzados de Europa. La Constitución Política de la Monarquía Española supone un cambio de orden político.

La Constitución de 1812 se estructuró en diez títulos con dos puntos básicos comunes: el liberalismo democrático de la soberanía nacional y la separación de poderes. Además de la lógica influencia francesa (Constitución de 1791), un reciente estudio de Manuel Moreno Alonso ha puesto de relieve que también la Constitución de los Estados Unidos (1787) estuvo presente en la isla gaditana, gracias a una traducción al español impresa en 1811.


Derechos de ciudadanía

Así, los diputados en Cádiz (junto a Barcelona, la ciudad más liberal de la época), mezcla de liberales y absolutistas, con la posición intermedia de los representantes de las colonias españolas, sobre todo, de América, lo primero que aprueban (en reunión en San Fernando, Cádiz) es el principio de soberanía nacional, el 24 de septiembre de 1810. Aparecerá recogido en el artículo 3. Es, sin duda, el mayor de los avances y supone que el poder reside en los ciudadanos, representados en las Cortes.

Procesión cívica celebrada el 19 de marzo de 1912 en Cádiz, en conmemoración del Centenario de la Constitución de 1812 (foto: 'Nuevo Mundo' y Ateneo de Madrid).

A partir de la soberanía nacional se desarrolla el resto de la estructura política de la Constitución: reconocimiento de los derechos individuales, limitación del poder del rey, separación de poderes, supresión de señoríos, libertad de trabajo y abolición de la Inquisición. Tal y como recogen Jordi Solé Tura y Eliseo Aja, en su ya clásico Constituciones y periodos constituyentes en España (1808-1936), los avances en los derechos individuales quedan negro sobre blanco en los artículos 248 (igualdad jurídica), 306 (inviolabilidad de domicilio), 35 y 366 (educación elemental en todos los pueblos) y, entre otros, 371 (libertad de imprenta para libros no religiosos y libertad para publicar ideas).

Sin embargo, en paralelo, la cesión de los liberales a los absolutistas se deja ver en asuntos como el de la religión, recogido en el artículo 12, que establece la religión católica como única de la nación y prohíbe el resto de creencias; y en el del sufragio, que queda establecido a través de votación indirecta y sólo masculina. Sin duda, los eclesiásticos consiguieron uno de sus objetivos principales: proteger la religión católica.


La importancia de los catalanes

Mientras esto ocurría en Cádiz, el resto de España estaba bajo control francés en pugna con una resistencia organizada (en la mayoría de los casos de manera desordenada y con la única fuerza de la guerrilla) a través de las juntas locales, provinciales y la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, constituida el 25 de septiembre de 1808 y vigente hasta el 30 de enero de 1810.

En Cataluña, la Junta Superior provincial se constituyó también en 1808. Ya en 1812, bajo el control del capitán general Luis Lacy y Gautier se llevó a cabo la instauración de la Diputación Provincial de Cataluña (Barcelona, Tarragona y Urgel), constituida el 30 de noviembre de 1812, en sustitución de la Junta Superior de Cataluña.

Los diputados de Cataluña elegidos como representantes en las Cortes de Cádiz fueron 17:

José Vidal, Ramón Lázaro de Dou y de Bassols, Jaime Creus y Martí (canónico de la catedral de la Seo de Urgel, tradicionalista), Juan Antonio Desvalls y d’Ardena, Francisco Morrós (rector de la parroquia de Igualada, absolutista), Antonio de Capmany, Felipe Amat, Ramón Utgés, Francisco Papiol (conservador), Codina, Milà de la Roca, Francisco de la Dueña y Cisneros, Gispert, Ramón de Lladós (conservador), Hernando d’Estany, Felipe Aner d’Esteve y José Antonio de Castellarnau.

La Junta Superior de Cataluña anunció el 20 de julio de 1810 que donaba 6.480 duros para financiar los gastos de los diputados elegidos. Sin embargo, debido a la invasión francesa y, en algunos casos, a la delicada salud, no todos llegaron a Cádiz. José Vidal, por ejemplo, fue sustituido por José Espiga y Gadea (arcediano de Benasque, fue uno de los diputados más influyentes junto a Agustín de Argüelles, considerado el padre de la Constitución, se posicionó en contra de las secesiones americanas y la Inquisición, liberal).

De Espiga y Gadea, miembro de la Comisión Constitucional, es la siguiente reflexión durante el debate constitucional:

“Se ha querido impugnar un principio establecido y se ha pretendido, en vano, persuadir que los diputados de Cortes no son representantes de la Nación, sino representantes de las provincias [...]. Yo estoy convencido de que este es un error político”.

La importancia de los diputados de Cataluña en Cádiz fue tal que el primer presidente de las Cortes fue Ramón Lázaro de Dou y de Bassols. Rector de la Universidad de Cervera desde 1805 hasta 1832 (año de su muerte), sacerdote y notable jurista que publicó, entre otras obras, Instituciones de Derecho público general de España con noticia particular de Cataluña y de las principales reglas de gobierno en cualquier Estado.

Promulgación de la Constitución de 1812, en un óleo de Salvador Viniegra, en el Museo Municipal de Cádiz.

También estuvo en Cádiz llegado de Cataluña Félix Aytés. A partir del verano de 1813, los diputados de Cataluña para las Cortes ordinarias fueron relevados por doce nuevos representantes de la nación española.


El caso particular de Josep Rius

De las personalidades de Cataluña que fueron consultadas para la organización de las Cortes de Cádiz y que enviaron una memoria a la Junta Suprema Central con propuestas sobre la futura Constitución, tan solo una, el fraile de Balaguer Josep Rius, abogó por los fueros particulares. Así queda recogido en el magnífico estudio de Antoni Sánchez i Carcelén Eclesiásticos catalanes y las Cortes de Cádiz.

Rius (que no formó parte de las Cortes) fue el único consultado que defendió que las provincias debían gobernarse por ‘el código particular de cada una’ y que los cargos públicos se habrían de conceder únicamente a los naturales de cada región. En lo que sí hubo unanimidad entre los eclesiásticos de Cataluña fue en la defensa del Tribunal de la Inquisición. Una institución que quedó erradicada por los constituyentes.


El decreto de 1814

Con todos los matices de la época, la Pepa es el primer texto legal que estableció en España el concepto de ciudadanía. Desde luego, un mito teórico más que una realidad práctica, pues el texto apenas pudo desarrollarse, franceses y Fernando VII lo evitaron. Pero, también, no hay duda que 200 años después, en el siglo XXI, la aspiración de racionalizar el poder y las administraciones públicas de la Constitución de 1812 se ha conseguido.

El texto de 1812 supuso la primera vinculación constitucional con la nación. Luego llegó el Rey Felón, que no se mereció tales diputados doceañistas y aprobó un decreto, el 4 de mayo de 1814, que acusaba a los constituyentes de usurparle el poder. Se entró de lleno en el siglo XIX español.

viernes, 2 de marzo de 2012

Las raíces hispanas de Cataluña




No podemos hablar de Cataluña hasta finales del siglo XII, cuando aparece documentalmente  como nombre territorial. Entonces, ¿cómo se denominó durante siglos este territorio que coincide con lo que ahora llamamos Cataluña?

El primer registro es romano, del 206 a.C., y la denomina Hispania Citerior. En el año 19 d.C., una redistribución administrativa le otorgó el nombre de Hispania tarraconense, con capital en la ciudad de Tarraco. Tras la caída del imperio romano, se constituye una unidad política en toda la península. La conversión de Recadero al catolicismo y la celebración, en el año 589, del III Concilio de Toledo, configuran la unidad de todos los obispados de la península. La unidad de Hispania se había alcanzado en torno a la monarquía visigoda y la religión católica, y en ella había participado sin ningún reparo obispos como el de Urgell, Simplicio.

La conquista musulmana, a partir del 711, desbarató esa incipiente unidad política y religiosa. Aun así, los conquistadores musulmanes tenían como referencia política a Hispania. Banú Qassi Múss ibn Mússa, por ejemplo, al ocupar los valles altos del Ebro, se autodenominó “Tercer Rey de España”.

Los inicios de la Reconquista reforzaron la idea de Hispania. Desde el Imperio Carolingio se estableció la Marca Hispánica, coincidente con lo que ahora se denomina la “Catalunya Vella” (Cataluña vieja), que durante años fue una frontera que se separaba de la “Cataluña Nova”, que aún permanecería dominada por los musulmanes varios siglos. La “Catalunya Vella”, la Marca Hispánica, fue fruto de la primera reconquista. Los francos recuperaron Gerona en el año 785. Para ello, contaron con los habitantes de esa zona, que habían huido al otro lado de los Pirineos ante la invasión musulmana. Todas las fuentes francas se refieren a estos hombres como “hispanos”. En el 801 se consigue la liberación de Barcelona y, nuevamente, los textos nos dicen que sus habitantes eran denominados “hispanos”.

Por aquel tiempo aparece un personaje muy querido por el nacionalismo catalán, el obispo de Urgell, Félix, que se enfrenta a los francos, pues no desea pertenecer al Imperio Carolingio. Los nacionalistas quieren ver en este personaje una especie de protonacionalista. Pero lo cierto es que el obispo Félix tenía como referente político la unión de toda la península, de Hispania. Sus relaciones con el adopcionismo hispano de Elipando, obispo hereje metropolitano de Toledo, le llevaron a defender una unidad hispano-goda frente al reino Franco. Todas las fuentes francas, además, nos hablan de Félix como de “natione hispanus”.

En la medida que se fueron consolidando las estructuras feudales, que darían lugar a los denominados condados catalanes, todas las referencias históricas que tenemos nos siguen hablando de Hispania. Así, en los Annales Regni Francorum del año 829 hablan de los “Comites marcae hispanicae”, en referencia a los Condes de la Marca. A lo largo del siglo IX, el sistema de condados se consolida frente a la monarquía carolingia, llegándose a establecer cinco casas condales: la de Barcelona, la del Pallars-Ribagorça, Urgell, Cerdanya-Besalú y Roselló-Ampúries. El Condado de Barcelona pronto asumiría la primacía sobre los otros condados en tiempos de Wifredo el Velloso. Aun así, las casas condales dependían de Francia y hasta el 1118, por ejemplo, no se restauraría la antigua diócesis de Tarragona que había quedado interrumpida con la invasión musulmana. Hasta entonces, eclesiásticamente hablando, los condados dependían de la diócesis de Narbona. El sentimiento que tenían los Condes de la Marca Hispánica era de ser continuadores de los “godos”. Hasta tal punto fue así que se generaron algunas leyendas, como la de que la ciudad de Ripoll (considerada la cuna de Cataluña) provenía de Recadero-polis, en honor al Rey Recadero que había conseguido la unidad política y religiosa de Hispania. Esta etimología fue defendida en el siglo XVII por el historiador Jeroni Pujades.

Las raíces hispanas de Cataluña son tan fuertes que querer olvidarse o renegar de ellas, como hace el independentismo, significa mutilar nuestra propia esencia.

viernes, 3 de febrero de 2012

El sentir hispano de los cronistas catalanes


Para conocer el sentir de los catalanes en la Edad Media, sólo tenemos que rescatar los cronistas catalanes de la época. Será en la Cataluña medieval, comparado con el resto de Europa, donde aparecerá con más intensidad el fenómeno de las crónicas; por lo tanto, se cuenta con unas fuentes privilegiadas. Al analizarlas, no asoma el más mínimo nacionalismo, sino un profundo sentido hispánico. Como señaló Jaume Vicens Vives en su Notícia de Catalunya, refiriéndose a los cronistas medievales catalanes:

“Ningún cronista dudo nunca en utilizar lo nombres de España y español en sentido geográfico, histórico o político”.

En la Crónica de Jaime I, de 1238, y una de las más famosas de nuestras crónicas, se pueden leer fragmentos como los que siguen:

“Nostre Regne es lo mellor Regne d’Espanya” … “Nostre pare lo Rei en Pere fou lo pus franch Rey que anch en Espanya” … “Car nos ho fem la primera cosa per Deu, la segona per salvar Espanya, la terça que nos e vos haiam tan bon preu e tan gran honor que per nos e per vossin salvada Espanya”.

Esta crónica fue dictada oralmente por Jaime I y refleja claramente su sentir.

Hace unos años el partido independentista Esquerra Republicana de Catalunya celebró un homenaje a Jaime I. Fue divertido ver cómo unos republicanos independentistas celebran la figura de un Rey que se sentía plenamente español:


Las otras crónicas discurren por el mismo camino. El autor anónimo que escribe Flos Mundi (1407), en catalán,  refiriéndose a cronistas no españoles, señala:

“Mas por eso, como éstos no seno españoles, no se han preocupado de tejer la historia de España sino superficialmente. Yo empero, que soy español, tejeré y regularé dicha historia”.

Jeroni Pau escribió su obra De fluminibus et montibus Hispaniorum (1475), en la que describe la topografía catalana refiriéndose a ésta como española. De Barcelona dice que es una de las mejores ciudades de España (“maiores Hispaniae urbes”). El canónigo de Barcelona Francesc Tarafa escribe Ghottolandia, Catalunya al present denominada (1533). Es una crónica hispanista en la que reivindica la singularidad de los catalanes en cuanto que descendientes de los godos que, en relación de igualdad con Castilla, pretenden formar España. En 1534, Pere Tomich publica Les Històries e Conquistes dels reys d’Aragó e comtes de Barcelona. La obra es una reivindicación de la hispanidad de la Corona de Aragón. Y se ensalza la unidad de los godos y su recuperación por parte de los catalanes. También por esas fechas aparece la crónica de Berenguer de Puigpardines, titulada Sumari d’Espanya, en la que se rememora el pasado hispánico de la nobleza catalana.  Mientras tanto, el archivero del Reino, Pere Miquel Carbonell, escribe sus Cròniques d’Espanya (1547).

El obispo de Gerona, Joan Margarit, que puede ser considerado el primer renacentista y humanista español, tituló sus crónicas: De origine regnum Hispaniae et Gotorum. En su obra Paralipomenon Hispaniae reivindica la unidad de España germinada con los romanos y culminada tras la reconquista. En la dedicatoria a los monarcas españoles, escribe (en catalán):

“Mi designio surge del puro amor a mi Patria (España) a la cual quisiera dar el esplendor que merece”.

Las magníficas crónicas de Bernat Desclot o Ramón Muntaner se sitúan en la misma onda, a las cuales podemos sumar la de Bernat Bordes, durante el siglo XV, que es la más hispanista de todas y en ella dice de la tierra catalana:

“Aquesta nostra terra d’Espanya que s’apella Catalunya”.

Las crónicas catalanas medievales tuvieron su continuidad en una célebre obra de Narciso Feliu de la Peña, editada en 1683. Se trata de Fénix de Cataluña. Compendio de sus antiguas grandezas y medio para renovarlas. Una obra escrita por un catalán entusiasta de la monarquía hispana y que se la dedica:

“A la sacra y catholica magestad de nuestro gran monarca Carlos segundo (que Dios guarde), Rey de Las Españas, y emperador del Nuevo Mundo”.

Fénix de Catalunya es una obra singular en la que se reflexiona sobre la esencia de Cataluña, cifrada por el autor en su primigenia fe católica y en su fidelidad a los reyes y destino hispánico. Feliu de la Peña propone que sin esta fidelidad es imposible el progreso en Cataluña.

lunes, 1 de agosto de 2011

Cataluña hizo a Hispania


(…) fue en la Cataluña de ahora donde se inició la romanización intensiva de la Península; fueron los catalanes de entonces quienes más ayudaron al éxito político y espiritual de Roma en España y a su explotación integral de la patria hispana, y fue la gran ciudad, umbilicus político y cultural del país, a la sazón, Tarraco, el centro más activo a la par de romanización y de unificación de los peninsulares.

Sí; Tarragona fue en verdad el puerto y la puerta de Roma en Hispania. Hijos de las tribus que habitaban en el solar de la Cataluña contemporánea formaron cuerpos auxiliares que ayudaron a los generales romanos a vencer y someter a los vascones, a los celtíberos, a los lusitanos y a los otros pueblos de Hispania.
Y en Tarraco se reunieron durante más de trescientos años, en los "concilio" o asambleas provinciales, los representantes de las ciudades y de las tribus, todas de la mayor parte de la Península hispánica; en ellas convivieron anualmente, durante más de tres siglos, gentes venidas de Lugo y de Granada, de Cartagena y de Cantabria, de Vascongadas y de la Mancha, de Braga y del Pirineo aragonés, de Navarra y de Asturias. De la llanura castellana y de los llanos de Valencia, del celtíbero Moncayo y de Sierra Nevada, del Ebro y del Tajo, de Astorga y de Gerona.

Roma hizo a Hispania desde la zona catalana de la tarraconense. Durante los largos siglos de señorío de Roma fue, desde ella y por su intermedio, como se articuló la unidad española. Mucho antes de que Andalucía o Castilla sirvieran de centros catalizadores de la inicial diversidad peninsular había cumplido igual misión la Cataluña de hace dos mil años.

Fuente:
“España, un enigma histórico”, Volumen 2, página 431, Claudio Sánchez Albornoz.

lunes, 1 de noviembre de 2010

La Guerra Gran


Con este nombre se conoció en Cataluña la que ha pasado a los libros de historia con el nombre de Guerra de la Convención o Guerra del Rosellón. En ella los catalanes participaron con entusiasmo en defensa de su religión, su rey y su Patria contra los revolucionarios franceses.
Tras el estallido revolucionario de 1789, Francia naufragó en un torbellino de violencia que alcanzaría su punto álgido en 1793, cuando el gobierno llamado de la Convención, dirigido por Robespierre y Marat, decidió zanjar la cuestión monárquica haciendo pasar a Luis XVI y su mujer por la guillotina.

La ejecución del último Capeto provocó la repulsa en toda Europa, especialmente en España igualmente gobernada por la dinastía borbónica.

La guerra contra España, paralela a la sostenida contra Austria, Prusia y Gran Bretaña, comenzó con la declaración de guerra por parte francesa el 7 de marzo de 1793. El pueblo español, de larga y profunda tradición católica y monárquica, recibió con entusiasmo la noticia de la movilización contra la Francia regicida y se lanzó a alistarse en los batallones de voluntarios.

Una de las regiones donde se vivió esta movilización con mayor espíritu patriótico, aportando con generosidad donativos y soldados, fue Cataluña por el triple motivo de su situación fronteriza, que la convertía en principal escenario de las operaciones, su secular sentimiento antifrancés y el carácter religioso y tradicionalista de sus habitantes.

Por toda Cataluña se oía el grito de “¡A matar franceses!”, llegándose incluso a pegar pasquines exigiendo la expulsión de los franceses que hubiese en territorio español y la declaración de guerra contra los enemigos de Dios y de los reyes. La influencia de la opinión pública catalana fue grande en el Gobierno español sobre la necesidad de lanzarse a la guerra contra Francia, pues no todo los consejeros de Carlos IV se mostraron partidarios de ella.

La ofensiva principal se desarrolló en Cataluña, de donde afluyeron miles de voluntarios –al grito de “¡Déu, Pàtria y Rei!- para luchar contra la República francesa cantando coplas como éstas:

“Aquells francesos malvats
son nostros majors contraris,
han comés tantas maldats
alevosas y execrables.
Valerosos catalans,
anems tots á la campanya
á defensar nostre Deu,
Lley, Patria y Rey de Espanya”

(Aquellos franceses malvados son nuestros mayores contrarios, han cometido tantos males alevosos y execrables. Valerosos catalanes, vamos todos a la campaña a defender nuestro Dios, Ley, Patria y Rey de España).

“¡Al arma, al arma, espanyols!
¡Catalans, al arma, al arma!
Que lo frenetich frances
nos provoca y amenassa.
Privinguda en la frontera
la millor tropa de Espanya,
tothom espera impacient
la ordre de entrar á la Fransa.
No temau espanyols, no,
mallograr esta campaña,
que la fortuna constant
favorable os acompaña”

(¡Al arma, al arma, españoles! ¡Catalanes, al arma, al arma! Que el frenético francés nos provoca y amenaza. Provenida en la frontera la mejor tropa de España, todo el mundo espera impaciente la orden de entrar en Francia. No temáis españoles, no, malograr esta campaña, que la fortuna constante favorable os acompaña”.)

En julio de 1793 se formó un cuerpo de voluntarios barceloneses bajo el lema “Por la Religión, el Rey y la Patria”. El llamamiento y la respuesta se repitió por todas las comarcas catalanas, que aportaron miles de “miqueletes” que tendrían gran protagonismo en la lucha, sobre todo tras la retirada del ejército de Ricardos y la entrada en territorio español de las tropas republicanas.

Los catalanes contaban, además, con un motivo añadido para lanzarse contra la Francia revolucionaria, pues vieron en esta lucha la ocasión de recuperar las comarcas norpirenáicas que habían quedado bajo soberanía francesa tras la guerra de 1640-1652.

El Diario de Barcelona publicó el 6 de Julio, con motivo de la toma de Bellaguarda por las tropas de Ricardos, tres sonetos, uno en catalán y dos en castellano, celebrando la victoria. Las esperanzas de recuperación de las comarcas catalanas perdidas el siglo anterior y de liberación de Francia del gobierno revolucionario quedaron expresadas en estos versos:

“Ja del bronse tronant la força activa
rompé de Bellaguarda la alza roca;
y rendida la foch viu, que la sufoca,
la guarnició se entrega, y s´fa cautiva.
Lo Gall Francés abac la cresta altiva
de son orgull, que á tot lo mon provoca,
y devant del Lleó no bada boca,
si que fuig aturdit quant ell arriba.
Vallespir, Roselló, la França entera
del valor español lo excés admira;
ja espera resistir, ja desespera,
ja brama contra el Cel pero delira;
que lo Cel es qui vol que torne a España
lo Roselló, Navarra y la Cerdeña”

(“Ya del bronce tronante la fuerza activa rompió de Bellaguarda la alta roca; y rendida al fuego vivo, que la sofoca, la guarnición se entrega, y se hace cautiva. El Gallo Francés abate la cresta altiva de su orgullo, que a todo el mundo provoca, y ante el León no dice esta boca es mía, sino que huye aturdido cuando éste llega. Vallespir, Rosellón, la Francia entera del valor español el exceso admira; ya espera resistir, ya desespera, ya brama contra el Cielo, pero delira, que el Cielo es quien quiere que vuelvan a España el Rosellón, Navarra y la Cerdeña”.)

En numerosas localidades norpirenáicas, siglo y medio después de su separación de España, se recibió a las tropas de Ricardos como liberadoras al grito de “¡Viva España!” y manifestando su voluntad de convertirse en súbditos de Carlos IV, como en Roca d´Albera, Sureda, la Menera, Costoja y Sant Llorenç de Cendans.

Un testimonio de un testigo presencial, publicado en la Gaceta de Madrid en abril de 1793, describió así la recepción de las tropas españolas en Sant Llorenç:

“Las tropas de S.M. habían sido recibidas, particularmente en la Villa de S. Lorenzo de Cerdá, con la mayor alegría; el pueblo sobre las armas, y los sujetos distinguidos gritando viva el Rey, viva España, viva la Religión, lloraban de gozo cuando oyeron a su legítimo vicario en la Misa la oración por el Rey y por el Pontífice (…)”.

A pesar de los rápidos triunfos del ejército español se combatió a Francia sin mucha convicción debido a la amenaza de su gran enemiga en los mares durante todo el siglo XVIII, Inglaterra.

Los resultados militares empezaron a torcerse: la contraofensiva francesa, ante la falta de suministros del ejército español, logró penetrar en tierras de Guipúzcoa y del Principado –por el Valle de Arán, la Cerdeña y el Ampurdán- y, además, el invicto general Ricardos falleció repentinamente de pulmonía en marzo de 1794, así como su sucesor el general O´Reilly pocos días después.

En julio de 1795 Godoy firma la Paz de Basilea, según la cual las tropas galas se retiraron de España a cambio de la cesión a Francia de la parte española de la isla de Santo Domingo.

martes, 1 de junio de 2010

Consulta a los grandes historiadores catalanes


La interpretación de la historia de Cataluña se vuelve a veces muy difícil y enojosa porque desde la segunda mitad del siglo XIX la historiografía romántica catalana se infecta de preocupaciones políticas y se dedica, en buena parte, a respaldar las pretensiones oportunistas del nacionalismo y aun del separatismo catalán, a veces con una capacidad de manipulación sencillamente insólita. Primero, ya en el siglo XX surgió la manía de considerar a Vifredo el Velloso poco menos que como fundador de la Cataluña independiente. Nada importaba a los promotores de tales ensueños el hecho cierto de que en el siglo de Vifredo faltaban siglos enteros para que apareciera el nombre de Cataluña; la manía persistió tenaz hasta despeñarse en el despropósito. En vista del fracaso, algún genio de la Historia negra que formaba parte de la corte cultural de ex presidente Pujol se inventó muy oportunamente nada menos que la conmemoración del Milenario de Cataluña para el año 1988; so pretexto de que en 988 el conde de Barcelona Borrell II había dejado sin respuesta una carta del rey de Francia Hugo Capeto en el que el rey pedía al conde que acudiese a su presencia, cosa que Borrell no hizo (ni tampoco el rey había acudido a la cita). En tan deleznable motivo fundaba el señor Pujol todo un Milenario de Cataluña, que en 988 no existía como unidad, ni se llamaba Cataluña.

Prefiero acudir, para la historia de Cataluña, a dos notabilísimos historiadores catalanes, además de don Ramón de Abadal. Uno es el profesor Marcelo Capdeferro, en su espléndido libro Otra historia de Cataluña, y sobre el cual la censura cultural de la Generalidad catalana tendió un silencio temeroso más negro aún que el del conde Borell. Otro es Jaime Vicens Vives, en su Aproximación a la Historia de España, en cuya autoridad indiscutible me apoyo para formular las siguientes consideraciones:

Jaime Vicens Vives esboza en varios puntos de su maravilloso libro el nacimiento de Cataluña, que no nació en 988 como realidad histórica ni siquiera como nombre; faltaban siglos para el nombre, y la entidad que se conocería como Cataluña tampoco brotó formalmente en un momento dado, sino como una confluencia –muy posterior- de carácter vital, sin una fecha concreta para el arranque. Vayamos a Vicens:

1. La reivindicación hispánica en el Cantábrico. “Astures y cántabros, que siempre habían sido los grupos más reacios a ingresar en la comunidad (romana) peninsular, se erigieron en continuadores de la tradición hispánica” (Vicens p.60). La resurrección de esta tradición hispánica es, por tanto, anterior al nacimiento de Cataluña; data del mismo siglo VIII en el que se produjo la invasión islámica de la Hispania romano-visigoda. Sánchez Albornoz ha demostrado que el rebrote de esa tradición hispánica es virtualmente simultáneo con la rebelión asturiana contra el invasor. Y es que conviene estudiar siempre la historia de Cataluña donde realmente se desarrolla desde principio a fin, en el contexto hispánico.

2. La situación europea e hispánica del embrión catalán. Pero la resistencia, la reacción y la recuperación hispánica surgieron también en los Pirineos orientales, sobre lo que sería solar catalán. Por impulso que fue también europeo. “Carlomagno incorporó a su imperio a los condados catalanes surgidos en el curso de sus campañas entre 785/801, los que fueron englobados en un cuerpo político mal definido, llamado Marca Hispánica”. (Vicens p.62).

3. Este cuerpo mal definido ¿era algo semejante a una nación? De ninguna manera; los núcleos hispánicos de resistencia eran “desde Galicia a Cataluña, simples islotes-testimonio ante la marea musulmana” (Vicens p.59).

4. La dependencia catalana de Francia –que no se dio en el reino de Asturias- se trasluce en la ausencia de un reino catalán; jamás existió un Rey de Cataluña. Incluso cuando se produjo la relativa y problemática desobediencia del conde Borrell II estamos dentro del periodo de dependencia señalado por Vicens:

“Pese al establecimiento de una dinastía condal propia por obra de Vifredo el Velloso (874-898), él mismo descendiente de Carcasona en el Languedoc, es evidente que durante dos centurias los condados catalanes latieron al ritmo de Francia” (Vicens p.62).

5. La Cataluña originaria (que no se llama todavía Cataluña) no era nación, sino políticamente un conjunto de divisiones administrativo-militares (condados no unificados), aunque también genéricamente un pueblo que iba alumbrando –en su dependencia de Europa y en su lucha contra el Islam- profundos rasgos originales de personalidad. Lo mismo que Castilla, que por cierto parece significar lo que Cataluña y nacía casi a la vez que su hermana pirenaica, europea y mediterránea: “Es en la época del obispo Oliba cuando cristaliza definitivamente la conciencia catalana de formar una personalidad aparte. Una generación más tarde, el conde barcelonés Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076) definía, en el famoso Código de los Usatges, el carácter jurídico y social peculiar del país” (Vicens p.67). Pero Capdeferro, que ha arrinconado con toda razón algunas persistencias sobre Vifredo el Velloso, a quien la leyenda catalanista quiso hacer el creador de Cataluña, se apoya en las investigaciones de Fernando Valls Tabemer para retrasar la conformación propiamente dicha de los Usatges hasta el siglo XV, cuando se tradujo al catalán la compilación hecha en el siglo XI bajo Ramón Berenguer I (Otra historia de Cataluña p.47)

6. En todo caso la famosa desobediencia del conde Borrell II en 988 no inició, como se pretendía conmemorar artificialmente en el presunto Milenario de 1988, un periodo soberano, ni menos nacional del que mucho después se llamaría no reino, sino principado de Cataluña.


Ya hemos visto cómo, según Vicens, continuó de iure la dependencia de Francia en el caso del principal de los condados catalanes; pero es que además existían otros, fuera de la órbita de Barcelona durante siglos. Y encrespadas las relaciones institucionales (no formalmente rotas) con el Rey de Francia, “no existía aún dentro de la propia Cataluña (que tampoco existía como tal) el poder superior que pudiese sustituir al Rey de Francia; precisaba buscarlo fuera”.

Este poder soberano superior era la Santa Sede, a la cual se enfeudaron los condes de Barcelona, por ejemplo Ramón Berenguer III el Grande (1090-1131).

Conviene insistir en la aparición simultanea de Castilla y Cataluña: “He aquí un momento trascendental en el porvenir peninsular. Aparece ahora realmente Castilla en la historia. El pueblo castellano –de sangre cántabra y vasca- se configura en una sociedad abierta, dinámica y arriesgada como lo es toda estructura social en una frontera que avanza” (Vicens p.68-69) Nace así, paralela a la personalidad de Cataluña, la personalidad de Castilla, con el mismo nombre, el mismo horizonte, con la misma lucha, con el mismo destino. (Nacen, matizaríamos, las realidades globales, no los nombres. Nace, plena y unitaria, Castilla. Nace, como espíritu, aunque todavía dividida, Cataluña. Pero la intuición de Vicens sobre el paralelismo de esas dos fuentes de España es, en lo esencial, admirable).

En el condado de Barcelona, Ramón Berenguer I reunió los estados hereditarios, pero el gran conde reconquistador en esta época fue Ramón Berenguer III el Grande, en el primer tercio del siglo XII. Incorporó los condados de Besalú y Cerdeña; repobló la tierra de Tarragona, donde consolidó la sede arzobispal; conquistaba, efímeramente, la isla de Mallorca.

A largo plazo, el matrimonio de la única hija del rey Ramiro II de Aragón, doña Petronila, con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona en el año 1137 sería un paso decisivo para la unidad de España. Acudamos nuevamente al magisterio catalán e hispánico de Jaime Vicens Vives.

Vivían los condados catalanes, aun después de la presunta (y falsa) independencia de uno de ellos, bajo una distante soberanía francesa (Vicens p.79) cuando van a integrarse en su primera realidad estatal propia, que no es un Estado catalán sino la gloriosa Corona de Aragón. La presión expansiva de Castilla, la remota soberanía francesa en competencia con la más efectiva del Papa y la discreta, pero resuelta actitud de la Santa Sede “echaron a los aragoneses en brazos de los catalanes y obligaron en cierta medida a la aceptación de esa fórmula de convivencia” (Vicens p.78-79).

“Fue, pues, la decisión catalana la que contribuyó al nacimiento (pleno) de la Corona de Aragón –por el matrimonio del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona con la infanta Petronila, hija de Ramiro II de Aragón-. Acostumbrados los condes barceloneses a la coexistencia de varias soberanías en el país catalán (condados de Barcelona, Urgell, Rosellón, etc.) impulsaron un mutuo respeto a las características de los dos Estados (mejor, diríamos nosotros, el Estado y el condado) que se unían en aquella ocasión en un régimen de perfecta autonomía” (Vicens p.78-79). Cuando se afirma, pues, políticamente el gran condado de Barcelona, clave aunque todavía no totalidad de Cataluña, lo realiza hacia la unión en una entidad superior, no hacia la disgregación. Maravilloso el acorde final de Vicens Vives: “El nacimiento de una España viable, forjada con el tridente portugués, castellano y catalano-aragonés es el mérito incuestionable de Ramón Berenguer IV. Pluralismo que jamás excluyó la conciencia de una unidad de gestión en los asuntos hispánicos” (Vicens p.80).

Por su parte, Capdeferro recuerda que la unión de Ramón Berenguer IV y Petronila no fue la de Cataluña y Aragón, como suele repetirse; primero, porque no existía aún el nombre ni la realidad completa de Cataluña; segundo, porque dentro del territorio catalán convivían, junto al gran condado de Barcelona, otros varios independientes de él, como el Pallars Jussá, Rosellón, Pallars Subirá, Ampurias y Urgel.

Ramón Berenguer IV nunca utilizó el título de Rey; gobernó Aragón pero sin esa dignidad. Sus herederos se llaman reyes de Aragón y condes de Barcelona; el condado fue pasando a segundo y tercer término dentro de la titulación de la Corona aragonesa, como se lamentan algunos historiadores nacionalistas que también se mostrarán disconformes –siete siglos después- con la “debilidad” generosísima que Jaime I el Conquistador demostró hacia Castilla. Y es que los grandes reyes, en su tiempo, veían mucho más claro que algunos grandes –y sobre todo pequeños- historiadores que escriben en el nuestro.


Notas:

Texto sacado del libro “Historia Total de España” de Ricardo de la Cierva.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

1640: Guerra con Francia, los segadores y la mutilación de Cataluña.


Tras la hegemonía política y militar española en Europa y América desde los Reyes Católicos hasta Felipe III, el reinado del penúltimo monarca Habsburgo, Felipe IV, evidenció el agotamiento de una España desangrada tras siglo y medio de lucha en las cuatro esquinas del globo: guerras contra ingleses, franceses, holandeses, protestantes, turcos, berberiscos, descubrimiento, conquista y colonización de América y de Filipinas, etc.

Ante la perspectiva del desmoronamiento del Imperio, el valido de Felipe IV, Conde-Duque de Olivares, intentó aplicar varias medidas para reforzar económica y militarmente al reino. Una de las propuestas de mayor transcendencia fue la Unión de Armas, con la que pretendía involucrar más directamente a los territorios de la antigua Corona de Aragón, que hasta ese momento, debido a la estructura del Estado habsbúrgico, si bien participaba en menor medida que los castellanos en la gobernación del Imperio, soportaban muchas menos cargas tributarias y militares que aquéllos. Así lo recogió Quevedo:

“En Navarra y Aragón
No hay quien tribute un real;
Cataluña y Portugal
Son de la misma opinión;
Sólo Castilla y León
Y el noble pueblo andaluz
Llevan a cuesta la cruz”.

La política centralista del Conde-Duque de Olivares, que aconsejó al rey la uniformización jurídica de todos los territorios de España según el modelo de las leyes de Castilla, encontraba oposición entre las aristocracias de los territorios de la antigua Corona de Aragón, sobre todo en Cataluña, pues las cortes de Aragón y Valencia aceptaron los planes del valido.

GUERRA CON FRANCIA

En 1635, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años, estalló la guerra con la Francia de Richelieu, ante lo que Olivares insistió en la aportación catalana de hombres y dinero, a lo que la Diputación de Cataluña se opuso. El valido se quejó de la indolencia del Principado en la defensa del territorio frente a la amenaza francesa, e incluso el Consejo de Ciento se opuso en un principio a enviar tropas para socorrer su propio territorio, a la Cataluña transpirinaica, hoy ocupada por los franceses.

Tras unos años (1629-1638) calamitosos de peste y malas cosechas en toda Cataluña, los problemas causados por el alojamiento y el pillaje de los ejércitos reales que tuvieron que ser enviados contra los franceses que habían atacado por el Rosellón en junio de 1639 tras su derrota en Fuenterrabía, provocaron el enfrentamiento y la revuelta en el verano de 1640. Los catalanes se levantaron al grito de “Visca el rei d´Espanya i muiren els traidors!”, aunque esto no suele ser recordado…

Un testimonio esencial para conocer lo sucedido en aquel tiempo es el de Francisco Manuel de Melo, general portugués al servicio de Felipe IV que fue protagonista directo de los hechos. En las memorias que escribió sobre la guerra de 1640 recogió, con gran simpatía hacia los civiles catalanes y crítica hacia la soldadesca, los diversos hechos que fueron agravando la situación. Uno de los motivos por los que los naturales experimentaron rechazo hacia los soldados, aparte de los desmanes cometidos en materia de alojamiento y pillajes, fue la percepción de muchos de ellos como extranjeros y herejes:

“Contenía el campo católico, además de los tercios españoles, algunos regimientos de naciones extranjeras, venidos de Nápoles, Módena e Irlanda, los cuales no sólo constan de hombres naturales, mas entre ellos se introducen siempre muchos de provincias y religiones diversas: los trajes, lengua y costumbres diferentes de los españoles, no tanto los hacía reputar por extraños en la patria, sino también en la ley: este error platicado en el vulgo del vino a extenderse de tal suerte, que casi todos eran tenidos por herejes y contrarios a la Iglesia”.

El clima de desconfianza y enfrentamiento entre población y los soldados enturbió aún más las ya muy difíciles relaciones entre las instituciones del Principado y la Corona a causa de los intentos de ésta por uniformar administración, impuestos y levas, hasta extremo del ofrecimiento por la Diputación de Cataluña al rey francés Luis XIII del título de Conde de Barcelona.

LOS SEGADORES

Pero hemos de detenernos brevemente en el Corpus de Sangre (conocido así desde una novela homónima decimonónica), episodio esencial de la mitología nacionalista.

Ya con los ánimos desatados y la autoridad real, representada por el virrey Conde de Santa Coloma, en grave cuestión, los acontecimientos se precipitaron. Existía en Barcelona la tradición de que el día del Corpus Christi (que aquel año era 7 de junio) bajasen a la ciudad los segadores de las comarcas vecinas, lo cual sucedió este año de 1640 en unas circunstancias de desorden que se agravaron por la llegada de esta multitud de campesinos.

De nuevo seguimos el testimonio del testigo presencial Francisco Manuel de Melo. Es preciso señalar que, lejos de ser un observador profelipista o simplemente neutral, el portugués manifestó su simpatía por la causa de los rebeldes y en contra de las armas a las que él mismo estaba sirviendo, pues no en vano ese mismo año se entregaría a la causa independentista portuguesa. Relata de este modo la llegada de los segadores en Barcelona:

“Había entrado el mes de junio, en el cual por uso antiguo de la provincia acostumbran bajar de toda la montaña hacia Barcelona muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos, que lo más del año viven desordenadamente sin casa, oficio o habitación cierta: causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares donde los reciben (…) temían las personas de buen ánimo su llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su atrevimiento en prejuicio del sosiego público”.

Continúa Melo describiendo el comienzo del enfrentamiento con las tropas reales:

“Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre facineroso y terrible, al cual queriendo prender por haberle conocido un ministro inferior de la justicia (…) resultó de esta contienda ruido entre los dos: quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre ventajoso el de los segadores. Entonces alguno de los soldados de milicia que guardaban el palacio del virrey tiraron hacia el tumulto, dando a todos más ocasión que remedio”.

Tras la generalización de los desórdenes, los segadores se dieron al saqueo:

“A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas y voces; cada casa representaba un espectáculo, muchas se ardían, muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía la furia: olvidábase el sagrado de los templos, la clausura e inmunidad de las religiones fue patente al atrevimiento de los homicidas”.

Continúa Melo relatando que a los soldados y funcionarios castellanos se los mataba y despedazaba, y a los propios barceloneses se les asesinaba bajo acusación de traidores por no apoyar la revuelta y ayudar a los soldados.

“Fueron rotas cárceles, cobrando no sólo la libertad, mas autoridad los delincuentes”.

Finalmente, las turbas dieron muerte al virrey, Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, al intentar embarcar para escapar de los amotinados, y continuaron el saqueo. Numerosos testigos presenciales dejaron testimonio de las destrucciones, incendios, asesinatos y despedazamientos de cadáveres que se cometieron. Con el trasfondo de los desórdenes antigubernamentales, la revuelta evidenció un componente de revolución social contra la burguesía y aristocracia dominantes y de anárquica venganza de revoltosos y delincuentes, que se afanaron en asesinar a agentes de la justicia. El principal caudillo de los violentos acontecimientos fue Rafael Goday, escapado pocas semanas antes de la cárcel en la que se hallaba pendiente de ejecución. Otro de los cabecillas fue Sebastián Estralau, también forajido y exgaleote.

Ésta fue la revuelta de los segadores, episodio idealizado por el nacionalismo catalán como si se hubiese tratado de un alzamiento nacional y en el que se inspira el que denominan himno nacional catalán, de reciente creación y enseñado a los niños en los colegios de Cataluña.

En una Historia de Cataluña aparecida hace pocos años, de no oculta inspiración nacionalista, los autores recuerdan el carácter de la revuelta de 1640:

“El rey, la religión, Dios y el país permanecieron intocables a todas las proclamas de la revuelta. Ninguno de los resortes tradicionales fueron puestos en duda: “Viva el rey y muerna los traidores”, “Viva la fe y mueran los traidores y el mal gobierno”, eran consignas que no permitían ninguna clase de dudas”.
J.Nadal i Farreras & P.Wolf, Historia de Cataluña, Ed. Oikos-Tau, Barcelona 1992, pág. 318.

LA MUTILACIÓN DE CATALUÑA

Durante el verano de 1640 fue extendiéndose la revuelta social por otras zonas de Cataluña, asesinándose a todo aquel que representase algún poder: funcionarios reales, soldados, nobles o simplemente ricos.

Mientras tanto, la tensión entre el gobierno y la diputación catalana no hizo sino aumentar, por lo que Olivares dispuso que un ejército entrase en Cataluña para acabar con el desorden. Pero Pau Clarís y otros representantes de la diputación ya habían comenzado las conversaciones con el gobierno francés en busca de ayuda. A principios de diciembre, mientras el ejército español entraba por el Sur, el francés lo hacía por el Norte.

Poco después, en enero de 1641, por iniciativa de Pau Clarís la Junta de Brazos, y el Consejo de Ciento proclamaba a Luis XIII de Francia Conde de Barcelona. Al mes siguiente moría Clarís. Prácticamente nadie –ni el clero, ni la nobleza, ni los responsables municipales, ni el pueblo en su conjunto- secundó las decisiones de Clarís y los suyos, a los que consideraban traidores. Los delegados de la Diputación en los pueblos y comarcas de toda Cataluña conocían mejor que los dirigentes barceloneses el estado de opinión de los catalanes, más adictos a España que a Francia y a dichos dirigentes. Las masivas negativas a acatar las normas emanadas de la Diputación de Cataluña y de las autoridades francesas tuvieron por consecuencia la prisión, la confiscación y el destierro de muchos y el exilio voluntario de muchos más, aumentando el número de los antifranceses con el paso del tiempo. Aparte de las poblaciones que se habían mantenido fieles a Felipe IV pronto otras se sumaron a la rebelión contra los franceses, como Reus, Lérida, el valle de Arán, Tarragona, etc.

Además, las impopulares medidas tomadas por el rey francés pronto empezarían a evidenciar a las oligarquías barcelonesas el error cometido. A comienzos de 1643 las autoridades catalanas elevaron al rey francés un memorial de sus desgracias, pues el maltrato por parte de la soldadesca y los desafueros de las autoridades enviadas desde París empezaban a hacer añorar los tiempos anteriores, aun con Conde-duque de Olivares incluido. Se denunció a las autoridades francesas que estaban cometiendo los mismos desafueros que habían originado todo el conflicto.

Pedro de Marca, enviado francés a Cataluña en 1643, Consejero de Estado y posteriormente arzobispo de París, escribía:

“Me he confirmado en la opinión de que en Cataluña todo el mundo tiene mala voluntad para Francia e inclinación por España (…) Tengo todos los días nuevas pruebas de que los religiosos, los nobles y el pueblo son muy malintencionados para el servicio del rey (de Francia) (…) ningún partido es pro-francés”.

El marqués de Brezé, virrey francés de 1642 a 1645, escribió igualmente que entre los catalanes “solo veía caras hostiles y sospechosas”, y que ya empezaban a temer que el único interés de la participación de Francia en Cataluña era quedarse el Rosellón.

En 1842, con motivo de una reedición de la obra de Melo, el historiador catalán Jaime Tió añadió varios capítulos al original del portugués, que alcanzaba tan solo hasta el fracasado ataque realista a la fortaleza de Montjuich en los primeros meses del conflicto. Como a continuación Melo se dirigió a Portugal a colaborar en la guerra que libraban sus compatriotas, cesó su presencia en el teatro de operaciones catalán. Tió elaboró un resumen de los acontecimientos que se sucedieron durante los diez años más que duró la guerra hispanofrancesa hasta la victoria final española en 1652. Para ello acudió a fuentes documentales coetáneas de los hechos narrados, depositados en el Archivo de la Corona de Aragón, varios de los cuales insertó en el propio texto. Escribe Tió sobre el crecimiento del ambiente proespañol y antifrancés:

“Mostráronse hostiles a cara descubierta los paisanos, y mostraban ya más buena faz a los castellanos que a sus aliados, a quienes miraban con adusto ceño. Vitoreóse España en muchas partes, gritóse muera Francia, y a mansalva pagaron algunos franceses con la vida”.

Tras los repetidos reveses del ejército francés, muchos catalanes fueron encaminándose hacia Barcelona junto con los ejércitos españoles, que avanzaban sobre Cataluña siendo recibidos por la población con vivas a España y mueras a Francia.

“Su número llegó a tal punto, que la ciudad pensó ver repetidas las escenas sangrientas del año cuarenta”.

Pero esta vez contra los franceses y sus colaboradores.

La Diputación de Cataluña, reunida en Manresa, acordó expresar su fidelidad al rey español. En palabras de Tió:

“Ésta, habido consejo, y bien meditado que bajo el poder de España no había tenido jamás que sufrir desacatos y contrafueros más que cuando un ministro se le había mostrado enemigo, pensó que no existiendo ya tal (Olivares fue destituido en 1643), valía más someterse otra vez al rey, fiando su benignidad y prudencia, que continuar en alianza con los franceses, de quienes Cataluña había sufrido todo linaje de injurias y toda especie de agravios”.

El conflicto finalizó en 1652 con la victoria de Felipe IV y el perdón general, como leemos en la carta de D. Juan de Austria, hijo de Felipe IV, otorgando el perdón en su nombre, de 11 de octubre de 1652:

“de todos los excesos y delitos cometidos desde el año 1640 hasta el día de hoy, sin exceptuar persona, ni delito de cualquier género, condición o calidad, aunque de crimen de lesa magestad, sino es de D. José Margarit, que como principal causa de los daños que se han padecido y por la obstinación con que persevera con sus errores, no es digno de gozar de este beneficio”.

Pero la victoria se consiguió al precio de la pérdida del Rosellón y parte de la Cerdeña, que por derecho de conquista pasaron a manos francesas a pesar de haber manifestado sus habitantes el deseo de volver a integrarse en España, para lo cual incluso se alzaron violentamente contra las tropas francesas.

De esta pérdida, causada por la traición de las instituciones catalanas y su negativa inicial en reclutar tropas para la defensa de su propia frontera (aunque cuando lo hizo fue en número insuficiente) en un momento en el que la Guerra de los Treinta Años obligaba a España a un inmenso esfuerzo militar en las cuatro esquinas de Europa, los nacionalistas acusan hoy, paradójicamente, a España. Por ejemplo Rovira i Virgili escribió esta tendenciosa acusación olvidándose de que el factor fundamental para establecer la nueva frontera fue el hecho consumado de la conquista francesa de dichos territorios:

“El condado del Rosellón y buena parte del de Cerdeña quedaron, sin embargo, en poder de Francia, debido a la mala voluntad o a la torpeza de la diplomacia española”.

En la página web de Convegencia Democrática de Catalunya podemos leer la interpretación nacionalista:

“En 1640, la guerra entre Castilla y Francia tuvo como víctima a Cataluña, y fue repartida entre las dos partes”.

Poco después de la firma del Tratado de los Pirineos (noviembre de 1659) Luis XIV se apresuró a eliminar el régimen foral tradicional, sustituyéndolo por la legislación general francesa. En junio de 1660 firmó el edicto por el que ordenaba la supresión para el Rosellón y la Cerdeña del Consejo Real de Cataluña, la Diputación y todas las demás instituciones catalanas. Diez años después, el 2 de abril de 1670, el Rey Sol prohibía el uso oficial del catalán por ser “contrario a mi autoridad y al honor de la nación francesa”. Por el contrario, Felipe IV no tocó el régimen foral catalán, que quedó incólume.

Este conflicto quedó en la memoria de los catalanes, quienes todavía fueron atacados por la Francia de Luis XIV en varias ocasiones durante las décadas siguientes. Margarit encabezó uno de estos intentos de recuperación de Cataluña, pero los propios catalanes se encargaron de repelerlo. Durante cuarenta años los enfrentamientos bélicos de menor o mayor envergadura entre españoles y franceses fueron constantes en la frontera catalana. Los roselloneses siguieron dejando claro que para ellos era una injuria el considerarlos franceses.

El odio antifrancés –ya viejo en la Corona de Aragón secularmente enemiga de Francia durante toda la Edad Media- sería muy importante cuando medio siglo después se plantease en España el conflicto dinástico entre habsburgos y borbones a la muerte de Carlos II. No en vano gabacho, el término despectivo para referirse a los franceses, es palabra catalana.

Finalizó su relato Tió con estas palabras relativas al conflicto bélico que ensangrentaría Cataluña medio siglo después y a la fidelidad demostrada por los catalanes a España y a la dinastía habsbúrgica:

“Dígalo si no su tesón y el poderoso brío con que defendió a la casa de Austria medio siglo después, cuando alegando derechos el archiduque Carlos y el duque de Anjou, aspiraban entrambos a la corona de España. ¿Qué provincia mostró mayor entereza, ni dio mayores pruebas de su sincero amor que Cataluña? ¿Cuál derramó más sangre propia y enemiga? ¿Cuál combatió con más denuedo? Tenía viva en el alma la imagen de la guerra que hemos descrito, recordaba el abandono de Francia, y acusaba su mala fe (…) y no olvidando que sus derechos habían sido acatados siempre por los antecesores de aquel rey (Felipe IV), hubiera gritado viva España y lo gritó, aun perdida toda esperanza”.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Cataluña, América y la Hispanidad (I)


Como es sabido, las políticas uniformadoras de que siempre hicieron gala los borbones comportaron que su primer representante en España -Felipe V- abriera a la antigua Corona de Aragón, sin ningún tipo de cortapisas ni restricciones, las posesiones españolas en América. (Recordemos que la citada Corona de Aragón incluía el antiguo Reino de Aragón, Cataluña y los reinos de Valencia y Mallorca; sin contar otras importantes posesiones en el Mediterráneo.)

Es por esta carta de libertad que se le concede para comerciar y ejercer cargos públicos en América por lo que el número de catalanes que, a lo largo del s. XVIII e incluso del XIX -en las colonias que aún quedaban-, ejercen papeles de relevancia en el Imperio español de América es francamente más que importante. Pero esta importancia pocos pueden imaginarse que se hubiese, igualmente, dado -como en efecto sucedió- desde el primer momento del descubrimiento del continente y a lo largo, también, de los siglos XVI y XVII. No parece concebible que los catalanes pudiesen haber tenido, prácticamente, presencia durante las dos primeras centurias de la gesta americana a tenor de que los pactos que se derivan de la unificación de los diferentes reinos y coronas de España, a finales del s. XIV, gracias al matrimonio entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, "cedían", por un lado, a la Corona de Aragón el campo de acción sobre las tierras situadas al este de la Península Ibérica y, por otro, al Reino de Castilla las situadas al oeste de la misma. Pero una cosa era que la Corona de Aragón no tuviera competencia para emprender empresas de carácter oficial en América y otra bien distinta era que no se pudiese participar a título individual en las empresas organizadas por el Reino de Castilla.

A muchos, sin duda, sorprenderá el número de catalanes que participaron ya desde los viajes del mismísimo Cristóbal Colón. Y más aún sorprenderá la importancia de los cargos y/o funciones que ejercieron.

CATALUÑA, AMÉRICA Y LA HISPANIDAD

“¡Colom! També l’estrella del mar aquí invocava,
l’estrella que la terra promesa li ha mostrat,
per ço en lo primer temple que América fundava
se col la Moreneta gentil de Montserrat”.

Mossèn Cinto Verdaguer


"¡Colón! También la estrella de mar aquí invocaba,
la estrella que la tierra prometida le ha mostrado,
por eso en el primer templo que América fundaba
se cuela la Moreneta gentil de Montserrat".

Sacerdote Jacinto Verdaguer


  "...la colonización indiana es de todas las nacionalidades españolas: de todas ellas son los misioneros, soldados y negociantes que luchan, descubren, gobiernan, fundan y pueblan. Digámoslo con sus palabras: el descubrimiento de América se convirtió en alianza y base de interés común, contribuyendo poderosamente a la unidad de España. Y no en vano Colón llamó Hispaniola (y no Castellana) la primera isla ocupada. Al hacerlo, y lo supiera o no, dejó impreso en el descubrimiento el sello de consagración de la unidad de España" (1)

Quien así se pronunció fue Víctor Balaguer, uno de los padres de la Renaixença catalana, el último movimiento catalán de profundas reivindicaciones hispánicas; de un hispanismo suficientemente alejado del castellanismo y del secesionismo.

Posteriormente, el nacionalismo propalado por Rovira Virgili y tantos otros, enterró la vindicación hispánica de Cataluña y nos ha llevado hasta la actualidad donde todo vestigio de hispanidad es sinónimo de extranjero y, por tanto, poco o nada relacionado con Cataluña. Ante esto, reivindicamos que los catalanes fueron partícipes y protagonistas de la gran aventura hispánica que fue el descubrimiento de América (2).

Fue Luis de Santángel, miembro de la Corte Aragonesa, quien dio el apoyo económico a Cristóbal Colón ante la negativa de los prohombres de Castilla de acometer la aventura de ir a las Indias. Los Reyes Católicos consintieron el viaje después de las presiones del valenciano Santángel. Una vez llegado de su primer viaje a América, Colón fue recibido en Barcelona, concretamente en el Saló del Tinell. A pesar de las pocas crónicas que nos han llegado, el recibimiento que le tributó el pueblo de Barcelona fue entusiasta.

Bernat de Boïl, catalán, ermitaño en Montserrat y consejero del rey Fernando el Católico, y doce monjes (3) de Montserrat, emprendieron al lado de Colón el segundo viaje a América. Boïl fue encomendado Vicario Apostólico de las Indias Occidentales. Las tres primeras iglesias fundadas en América por los españoles fueron dedicadas a Montserrat, Santa Tecla -patrona de Tarragona- y Santa Eulalia -patrona de Barcelona.

Pero lo cierto es que el nacionalismo, lo que niega es la participación de los catalanes en el descubrimiento militar y que Castilla nos apartó del comercio con América (4). Ante la poca consistencia de los planteamientos negacionistas de la presencia catalana, haremos una pequeña pero significativa relación de los catalanes conquistadores de América (5).

Lo que llama la atención, es que fuera un catalán, Jaume Ferrer de Blanes (hijo del municipio gerundense de Vidreres) quien fuera nombrado por los Reyes Católicos en 1.493 para fijar los límites entre España y Portugal en la América recién descubierta -cuestión zanjada en el Tratado de Tordesillas en 1.494.

El primer catalán en América fue Ramón Pané (s. XV, Santa Maria d’Ullà?), lugarteniente de Colón. Fue el primer hombre en publicar un escrito sobre las costumbres y las lenguas de un pueblo de América (6) y fue el primero en hablar una lengua americana. Como militares sobresalen: Joan Orpí Pou (nacido, en 1.593, en la localidad barcelonesa de Piera), conquistador de las zonas de Unare y Aragua y fundador de Nueva Barcelona y de San Pedro Mártir -esta zona fue llamada 'Nueva Cataluña', pero después pasó a la jurisdicción de Cunamá-; Pere Margarit (Castell de l’Empordà, s. XV), compañero de Colón y jefe de la expedición militar, dio nombre a las islas Margaritas en el Caribe; Miquel Ballester (Tarragona, s. XV), alcalde de la isla Hispaniola e inventor del primer ingenio productor de azúcar en 1.498; Joan de Serrallonga (Igualada, s. XV), codescubridor de “Terra Nova”; Joan Grau de Toloriu, mano derecha de Hernán Cortés; Bartolomeu Ferrer, jefe de la expedición española a Tehuantepec; Jaume Rasquí, jefe de la expedición a Río de la Plata; Miquel de Rifòs, mano derecha de los Cabot en las primeras expediciones; Pere Alberni Teixidor (Tortosa, 1741), miembro de los voluntarios catalanes, exploró el Pacífico Norte y descubrió una isla que bautizó como Isla Catalana y que hoy en día se llama Catalan Island en la Columbia Británica; Pere Fages Beleta (Guissona, 1.734), coronel del ejército español, gobernador de California, aventurero y descubridor de Sacramento, el desierto de Mojave, Los Tulares, San Gabriel y muchísimos lugares más; Francesc Jorba Ferran (Sant Sadurní, 1746), miembro del cuerpo de “Voluntarios de Cataluña”, fundó el pueblo de Yorba Linda; Esteve Rodríguez Miró (1744), teniente coronel, fundó Nuevo Madrid en Mirrouri, Monroe a partir del originario Fuente Miró y Sant Stephen a partir del Fuerte de San Esteban. Y así muchísimos más catalanes en la aventura americana.

Como comerciantes, cabe mencionar a Joan Claret (Barcelona, s. XVI), que dedicó la mayor parte de su fortuna personal a financiar expediciones a América, como la de la familia Cabot a Río de la Plata; Salvador Samà Martí (Vilanova, 1.797), coronel del ejército, fundó el Banco Español en Cuba y el dique de La Habana.

El funcionariado también tuvo una amplia representación catalana, encabezada por el catalán más conocido de la aventura americana, Gaspar de Portolà Rovira (Balaguer, 1.717) (7), coronel del ejército, descubridor de la bahía de San Francisco, San Diego y Monterrey y gobernador de California; Gabriel Avilés Fierro (Vic, 1.735), capitán general del Reino de Chile y Virrey del Reino de la Plata y del Perú (8); Pere Castany (Barcelona, 1.750), presidente de la policía y seguridad de Méjico y oidor de la Audiencia de la Nueva Granada; Ambrosi Cerdà y Simó Pontero (hijos de Barcelona del s. XVIII), oidor en Chile el primero y presidente de la Audiencia de Guatemala el segundo; Esteve Miró Sabater (s. XVIII), gobernador de Tucumán; Ignasi Sala, gobernador de Cartagena de Indias; Pere Carbonell, gobernador de Venezuela de 1.792 a 1.799; Joaquim d’Alòs, gobernador de Paraguay y comandante militar de Cuzco; Antoni Oleguer Feliu, Virrey del Río de la Plata; Francesc Romà Rossell (Barcelona, 1.730), Virrey e Intendente de Yucatán.

Y el funcionario más conocido que ha dado Cataluña ha sido Manuel Amat Juyent (Vacarisses, 1.707), Teniente General, hijo del Marqués de Castellbell y primo del Barón de Maldà. En 1.761 fue designado presidente de la Audiencia de Lima y Virrey del Perú, creando un cuerpo del ejército español bajo la advocación de La Mare de Déu de Montserrat (Madre de Dios de Montserrat). Este cuerpo participará en las expediciones de descubrimiento de importantes islas del Pacífico, como por ejemplo las de Tahití en 1.771. El Virrey Amat volvió a Barcelona y construyó su residencia, conocida hoy como el Palau de la Virreina (Palacio de la Virreina).

Como historiador de la gesta hispánica sobresale por encima de todos Joan Cristòfor Calbet d’Estrella (Sabadell, 1.505), escritor y cronista real de las Indias, miembro de la Corte española y preceptor de los príncipes. Escribió una crónica sobre la conquista del Perú, "Rebelión de Pizarro en Perú y vida de Don Pedro Gasca" y fue biógrafo del Emperador Carlos V (9).

Como eclesiásticos citar a Sant Antoni Maria Claret Clarà (Sallent 1.807), el fundador de los Claretianos, obispo de Santiago de Cuba donde luchó en contra de la esclavitud y quien fue un destacado defensor de la españolidad de la isla (10) y más tarde fue nombrado confesor de la Reina Isabel y custodio del monasterio de El Escorial. Feliu de Tàrrega (Tàrrega, 1.727), evangelizador del Orinoco y Caroní, fundó San Pedro de Tipurúa; Josep Alemany Cunill (Vic, 1.814), evangelizó Nevada, California y UTA; Pere Claver Sobocano (Verdú d’Urgell, 1.580), conocido como Sant Pere Claver, misionero en Nueva Granada y protector de esclavos; Narcís Coll Prat (Cornellà de Terri, 1.754), arzobispo de Venezuela; Miquel Doménech Veciana (Reus, 1.816), misionero en Missouri; Francesc Fleix Solans (Lérida, 1.804), obispo de Puerto Rico; Miquel Francesch (Barcelona, s. XVIII), misionero en Guatemala; Benet Garret Arloví (Agramunt, 1.665), obispo de Nicaragua; Marià Martí Estadella (Bràfim, 1.719), obispo de Puerto Rico; Benet Maria Moixó Francolí (Cervera, 1.763), obispo de Charcas y auxiliar de Michoacán, destacó en la lucha contra la insurrección independentista; los jesuitas Josep Paramàs, Bernat Ibáñez, Dídac González y Josep Solís que evangelizaron a los indios guaranís del Alto Paraná en 1.775. Y muchos otros capellanes, frailes, monjes o seglares que participaron en la evangelización del nuevo continente.

Esto no ha sido más que una breve relación de personajes catalanes que junto con extremeños, castellanos, vascos o gallegos, forjaron la Hispanidad, concepto que Raholas, Convergentes y Republicanos nos quieren escamotear para convertirla en una celebración vergonzosa y extraña a los catalanes.

Para acabar, unas estrofas de la Atlàntida de Mossèn Jacint Verdaguer, de lectura obligatoria para todos los hispanistas catalanes, canto sublime a Cataluña, América y la Hispanidad:

“...Troba Colon navilis, i en llur tosca
ala afrontant, magnànim, la mar fosca,
la humanitat li dóna el nom de boig;
al geni que la duia, en sa volada
de promissió a la terra somniada,
com Moisés per les aigües del Mar Roig.
Lo savi ancià, que des d’un cim l’obira,
sent estremir lo cor com una lira;
veu de l’àngel d’Espanya, hermós i bell,
que ahir amb ses ales d’or cobrí a Granada,
eixamplar-les avui com l’estelada
i fer-ne l’ampla terra son mantell.
Veu murgonar amb l’espanyol imperi
l’arbre sant de la creu a altre hemisferi
i el món a la seva ombra reflorir;
encarnar-s’hi del cel la saviesa;
i diu a qui s’enlaira a sa escomesa:
-Vola, Colon...; ara jo puc morir!" (11)


"...Encuentra Colón navíos, y en su tosca
ala afrontando, magnánimo la mar oscura,
la humanidad le da el nombre de loco;
al genio que la llevaba en su vuelo
de promisión a la tierra soñada,
como Moisés por las aguas del Mar Rojo.
El sabio anciano que desde una cima la avista,
siente estremecer el corazón como una lira;
voz del ángel de España, hermoso y bello,
que ayer con sus alas de oro cubrió a Granada,
ensancharlas hoy como la estrellada
y hacer de la ancha tierra su manto.
Ve murgonar con el español imperio
el árbol santo de la cruz en el otro hemisferio
y el mundo a su sombra reflorecer;
encarnarse del cielo la sabiduría;
y dice a quien se eleva a su acometida:
-¡Vuela,Colón...;ahora ya puedo morir!"

Notas:

1). Víctor Balaguer. Conferencia pronunciada en 1.892 y citada en el libro "Els catalans a les Índies" de Josep Maria Bernades, 1.992. Comissió América i Catalunya.

2). El precursor de la idea de la Hispanidad fue el escritor vasco Ramón de Basterra Zabala. La primera conmemoración del Día de la Hispanidad celebrada en España fue realizada en Barcelona, en la casa de América el 12 de octubre de 1.911. Esta iniciativa fue recogida por el periodista asturiano José María González por tal de hacer de esta fecha fiesta nacional de España.

3). El nacionalismo intenta negar la evidencia de la catalanidad de los primeros evangelizadores de América. Se puede leer "Els primers missioners d’Amèrica foren catalans?" ("¿Los primeros misioneros de América fueron catalanes?") de Pere Català Roca, Dalmau Editors.

4). "Cataluña en la carrera de las Indias", Carlos Martínez Shaw. 1981. Se recomienda el libro de este profesor de Historia de la Universitat de Barcelona, en el que demuestra que Cataluña no fue excluida del comercio con América.

5). Para tenir una relación amplia de personajes, a pesar de la tergiversación nacionalista del libro, se puede mirar "200 catalans a les Amèriques", Comissió Catalana del Cinquè Centenari del Descobriment d’Amèrica (Comisión Catalana del Quinto Centenario del Descubrimiento de América).

6). "Relación acerca de las antigüedades de los indios". 1.498. Todos los países americanos tienen una escuela dedicada a este catalàn.

7). "Contribució a una biografia de Gaspar de Portolà", J. Carner Ribalta, Dalmau Editors. En este libro nos habla de que los catalanes que lo siguieron bautizaron la tierra descubierta como la tierra de la calç i el forn -cal y horno- (Califòrnia).

8). Fue conocido como el “Virrey devoto” y que puso fin a las encomiendas dando la libertad y la propiedad de la terra a los indios guaranís. Creó el gobierno de Mairas.

9). Sobre este personaje se puede leer "El català Joan Cristòfol Calvet d’Estrella", de Puig Pujol. Episodis de la història, de Dalmau Editors.

10).Carta dirigida al Obispo de Vic Doctor Casadevall.

11)."L'Atlàntida", Jacint Verdaguer, ´Conclusió, somni d’Isabel´ (´Conclusión, sueño de Isabel´).