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jueves, 2 de septiembre de 2010
Jaume Balmes
Quien estuviera destinado a ser uno de los más fértiles pensadores religiosos de la Europa de su tiempo, Jaume Llucià Antoni Balmes i Urpià, nació en Vic el 28 de agosto de 1810.
Realizó estudios de Filosofía y Teología, que completó más tarde en la Universidad de Cervera. Durante cuatro años fue catedrático de Matemáticas en el colegio de Vic.
En 1839 publicó en El Madrileño Católico un trabajo titulado Sobre el celibato del clero, que le dio a conocer súbitamente como gran erudito y escritor. En los breves ocho años que separaron este momento del de su muerte Balmes desarrolló una actividad literaria, filosófica, política y periodística asombrosa. Escribió numerosas obras que hoy siguen siendo de referencia para el pensamiento católico universal.
Fervoroso patriota interesado en los numerosos problemas de la convulsa España de su tiempo, dedicó gran parte de su actividad a los asuntos políticos. El grueso de su producción en este campo está recogido en sus numerosos artículos de prensa que escribió en los últimos años de su breve vida, de un ardiente patriotismo nacido del dolor que le provocaba el mal gobierno de la Nación:
“¿Hay acaso extravío más disculpable que el nacido de una indignación justa? Y con justicia se indigna el que siente correr por sus venas sangre española, al pensar en el inmenso infortunio de esta Nación, grande en sí misma, y achicada, abatida y perdida por quienes la han gobernado”.
En 1845 se instaló en Madrid, donde fundó el periódico monárquico El Pensamiento de la Nación, de cuya redacción se ocupó casi él solo. El programa que Balmes persiguió con dicho periódico se condensaba así:
“Fijar los principios sobre los cuales debe establecerse en España un Gobierno que ni desprecie lo pasado, ni desatienda lo presente, ni pierda de vista el porvenir; un Gobierno que, sin desconocer las necesidades de la época, no se olvide de la rica herencia religiosa, social y política que nos legaron nuestros mayores; un Gobierno firme sin obstinación, justiciero sin crueldad, grave y majestuoso sin el irritante desdén del orgullo; un Gobierno que sea como la clave de un edificio grandioso donde encuentren cabida todas las opiniones razonables y respete todos los intereses legítimos”.
El objetivo central perseguido por Balmes con sus artículos de opinión política fue la unión de los españoles, que él creía necesaria en una época en la que las banderías de partidos y camarillas gastaban inútilmente las energías de los políticos y hacían ingobernable la Nación.
Acabar con la disputa dinástica entre carlistas e isabelinos, cuyo primer enfrentamiento armado acababa de terminar tras siete años de sangrienta lucha, fue una de las obsesiones de Balmes, quien trabajó por concertar el matrimonio entre el conde de Montemolín (el Carlos VI de los carlistas, primogénito de Carlos María Isidro) y su prima, la joven reina Isabel II, de modo que el heredero uniese en su persona a las dos ramas enfrentadas.
Sobre la Guerra de Independencia escribió Balmes muchas de sus páginas:
“Oyóse entretanto el grito de alarma, y el pueblo español, solo, sin rey, sin gobierno, sin caudillos, se levantó como un atleta y se arrojó con brioso denuedo sobre las numerosas y aguerridas legiones que inundaban sus campos y ocupaban sus principales ciudades y fortalezas; y este pueblo era el mismo pueblo a quien apellidaran flaco, aletargado y envilecido”.
“Las grandes naciones de Europa, esas naciones tan brillantes y poderosas, habían doblado humildemente su cerviz (…) y los bisoños soldados españoles peleaban impertérritos con los veteranos imperiales que venían orlados con los trofeos de la Europa vencida; y cuando las grandes capitales de Europa y sus más inexpugnables fortalezas se habían humillado ante los ejércitos franceses, Zaragoza, Tarragona y Gerona burlaban con su constancia y denuedo todos los esfuerzos del valor, de la experiencia y del arte. Nadie ignora cuáles eran las grandes ideas que pusieron a la sazón en movimiento al pueblo español: Religión, Patria y Rey”.
Sobre la unidad histórica de España escribió, apoyándose en la lejana época medieval y, de nuevo, en la reciente guerra contra Francia:
“A la sazón la monarquía no podía ser una porque no lo consentía la situación del país, ocupado en gran parte por los sarracenos (musulmanes); pero a medida que éstos andaban cejando hacia las orillas del Mediterráneo, las provincias se reunían bajo un mismo imperio. León y Castilla, Cataluña y Aragón presentan este fenómeno: y los monarcas que conquistan Granada miran sometida a su cetro la España entera (…). El decir que tiene vida en España el espíritu federal, que el provincialismo es más poderoso que la monarquía, es aventurarse a sostener lo que a primera vista está desmentido por la historia; es suponer un fenómeno extraño, de cuya existencia deberíamos dudar por grandes que fuesen las apariencias que lo indicasen (…). En 1808 todo brindaba con la mejor oportunidad para que, si la monarquía hubiera sido en España una institución postiza o endeble, se despegase y se hiciera trizas, presentándose el provincialismo federal con su carácter propio y sus naturales tendencias. Pero no sucedió así: la Nación fue más grande que sus reyes; sí, más grande, más generosa; porque a la Nación también se le hicieron amenazas, y las despreció; la Nación vio venir sobre sí el hierro y el fuego, y los despreció; a la Nación se la brindó con halagüeñas promesas, y las despreció; a la Nación se le dijo: “esa tenacidad te va a costar tu tranquilidad, tus tesoros, la sangre de tus hijos”, y la Nación respondió que más que su tranquilidad y sus tesoros y la sangre de sus hijos, valía su independencia y su honor (…). La aparición de innumerables juntas en todos los puntos del reino, lejos de indicar el espíritu de provincialismo, sirvió para manifestar más el arraigo de la unidad monárquica; porque pasados los primeros instantes en que fue preciso que cada cual acudiera a su propia defensa del mejor modo que pudiese, se organizó y estableció la junta central, prestándose dócilmente los pueblos a reconocerla y respetarla como poder soberano. (…) Y hay todavía en esta parte una singularidad más notable, cual es que sin ponerse de acuerdo las diferentes provincias, ni siquiera haber tenido el tiempo de comunicarse, y separadas unas de otras por los ejércitos del usurpador, se levantó en todas una misma bandera. Ni en Cataluña, ni en Aragón, ni en Valencia, ni en Navarra, ni en las provincias Vascongadas se alzó el grito en favor de los antiguos fueros. Independencia, Patria, Religión, Rey, hé aquí los nombres que se vieron escritos en todos los manifiestos, en todas las proclamas, en todo linaje de alocuciones; hé aquí los nombres que se invocaron en todas partes con admirable uniformidad (…). Jamás se mostró más vivo el sentimiento de nacionalidad, jamás se manifestó más clara la fraternal unidad de todas las provincias. Ni los catalanes vacilaban en acudir al socorro de Aragón, ni los aragoneses en ayudar a Cataluña, y unos y otros se tenían por felices si podían favorecer en algo a sus hermanos de Castilla (…) españoles, y nada más que españoles eran, así el catalán que cubría su torva frente con la gorra encarnada, como el andaluz que se contorneaba con el airoso calañés”.
Similares reflexiones dedicó a la por entonces recién concluida guerra carlista:
“Es falso que haya verdadero provincialismo, pues que ni los aragoneses, ni los valencianos, ni los catalanes recuerdan sus antiguos fueros, ni el pueblo sabe de qué se le habla cuando éstos se mencionan, si los mencionan alguna vez los eruditos aficionados a antiguallas. Hasta en las provincias del norte no es cierto que el temor de perder los fueros causara el levantamiento y sostuviese la guerra; los que vieron las cosas de cerca saben muy bien que el grito dominante en Navarra y las provincias Vascongadas era el mismo que resonaba en el Maestrazgo y en las montañas de Cataluña”.
Y sobre la responsabilidad de los ciudadanos sobre el presente y futuro de su Nación, que sólo a ellos incumbe y no pueden dejar en manos ajenas, escribió estas líneas:
“Es preciso tomar los hechos, no como se quisieran, sino como son. Es necedad el mecerse en vanas esperanzas, es temeridad querer estrellarse contra la fuerza de las cosas, es cobardía el abatirse en presencia del infortunio, y postrarse y llorar. España se salvará si ella propia se salva; si no, no: España recobrará su aplomo si ella trabaja por recobrarle; si no, no: España tendrá gobierno si ella emplea sus medios para que se funde, y se afirme, y se arraigue; si no, no: España verá cesar ese sistema que ya lleva algunos años de gobernar intrigando, y perturbando, y explotando, si ella procura eficazmente que cese; si no, no: Y lo repetimos, si no, no; si España no piensa en sí misma, si no recuerda lo pasado, si no atiende a lo presente, si no mira al porvenir, si, descuidada como la buena fe y floja como el cansancio, deja que unos pocos lo digan y lo hagan todo a nombre de ella, aunque sea contra ella, entonces ni tendrá gobierno, ni paz, ni sosiego, ni esperanza de prosperidad, y será víctima de turbulentas pandillas, de camarillas miserables, de intrigas extranjeras; será la befa y el escarnio de las demás naciones (…)”.
Poco después de ser nombrado miembro de la Real Academia Española murió en su ciudad natal el 9 de julio de 1848, a los treinta y siete años de edad.
martes, 2 de marzo de 2010
Poema de Jacint Verdaguer dedicado a Jaume Balmes
Cuarenta años después de la muerte de Jaume Balmes, su paisano Jacint Verdaguer le dedicaría un hermoso poema titulado La mort de Balmes (La muerte de Balmes):
"Qui vol veure viu a Balmes
corra, corra cap a Vic,
lo veurà en ses darreries
agonitzant en son llit.
¡Oh solfats de la fe santa,
s´aterra vostre cabdill,
aquell que brandà el nou glavi
dessota l´arnès antic;
aquell que pel nou Golia
té la força de David!
¡S´apaga el far que semblava
lo far de l´esdevenir!
A Espanya donà una estrella
lo cel, donat-li aqueix fill,
¡i aqueixa estrella s´acluca
quan arriba el zenit!
(...)
¡Oh!, del ramat d´eixos pobles,
de Barcelona, Madrid,
de les serres catalanes,
de Puigmal a Montjuïc,
del Montserrat, nial d´hèroes,
¡despedeix-te´n tu per mi!
¡Ah!, si volant a la glòria
pogués posar-me en ton cim
per dir-li adéu a ma terra,
¡la terra que tant amí!
¡Oh Catalunya! ¡Oh Espanya!
¿Per què us he amades aixís?
La cadena amb què volia
en un cor los cors junyir,
d´amor la dolça cadena,
¡me l´han trencada pel mig!
¡I veig la guerra que torna
muntada en un trebolí,
i veig armats en batalla
los pares contra del fills,
i els camps patris sadollar-se
de sang d´Abels i Caïns!
¡Oh!, aturau-vos, aturar-vos,
prou de matar y morir;
jo us porto el ram d´olivera
que agermana els enemics.
Mes, ¡ai!, sols odis responen
a l´amor de Jesucrist,
i de LLull i de Teresa
miro entrant en lo jardí
l´impietat matadora,
¡com la serp al paradís!
I veig rodar a l´abisme
lo regne que més estim,
entre el fum de la revolta
i el capgirell dels partits.
¡Oh Espanya, ma dolça Espanya,
pogués tornar-te a camí!
¡Si pogués escriure un dia,
escriure un dia i morir!
(…)
Lo sol tarmonta la serra;
plorau, campanes de Vic:
¡per Espanya i per Europa,
que negra baixa la nit!”
(“Quien quiera ver vivo a Balmes, que corra hasta Vic; lo verá en las últimas, agonizando en su lecho. ¡Oh soldados de la fe santa, se muere vuestro caudillo, aquel que blandió la espada nueva bajo el arnés antiguo; aquel que para el nuevo Goliat tiene la fuerza de David! ¡Se apaga el faro que parecía el faro del porvenir! El cielo regaló a España una estrella al darle aquel hijo, ¡y aquella estrella se apaga cuando llegaba al cénit! (…) ¡Oh!, del rebaño de estos pueblos, de Barcelona, Madrid, de las sierras catalanas, desde el Puigmal a Montjuic, del Montserrat, nido de héroes, ¡despídete tú por mí! ¡Ah!, si volando a la gloria pudiese posarme en tu cima para decir adiós a mi tierra, ¡la tierra que tanto amé! ¡Oh Cataluña! ¡Oh España! ¿Por qué os he amado así? La cadena con la que quería unir los corazones en un solo corazón, de amor la dulce cadena, ¡me la han cortado por la mitad! ¡Y veo la guerra que vuelve montada en una tromba, y veo armados en batalla los padres contra los hijos, y los campos de la patria saturarse de sangre de Abeles y Caínes! ¡Oh!, deteneos, deteneos, basta de matar y morir, yo os traigo la rama de olivo que hermana a los enemigos. Pero, ¡ay!, sólo los odios responden al amor de Jesucristo, y en el jardín de Lulio y de Teresa veo entrar la impiedad matadora ¡como la serpiente del paraíso! Y veo rodar al abismo el reino que más quiero, entre el humo de la revuelta y las volteretas de los partidos. ¡Oh España, mi dulce España, si pudiese enderezar tu camino! ¡Si pudiese escribir un día, escribir un día y morir! (…) El sol se esconde en la sierra, llorad, campanas de Vic: ¡Por España y por Europa qué negra baja la noche!”)
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