lunes, 12 de julio de 2010

Campions del món


Un poble, una nació,
 
Espanya,
 
un somni, una il·lusió,
 
ser campions del món.


Gracias, gràcies, grazas, eskerrak.

jueves, 1 de julio de 2010

Mossos d´Esquadra



Como no tenían milicia, ni policía, ni uniformes, los nacionalistas y los separatistas tuvieron que inventarse una institución catalana que se convirtiera en la tropa catalana. Se rescató del olvido un cuerpo odiado por muchos catalanes, los “Mossos d´Esquadra”.

Los “Mossos d´Esquadra” se crean a partir de la victoria de las tropas borbónicas sobre las austracistas en 1714, en la guerra de sucesión, principalmente para evitar desmanes en las zonas rurales pero también se dedicaron a perseguir y ajusticiar a todos los austracistas o migueletes que caían en sus manos.

En aquella época se conocía al cuerpo como “Esquadres de Catalunya”.

Vieron la luz en la población de Valls, cercana a Tarragona, siendo su fundador Pere Anton Veciana i Villa, alcalde del pueblo, expansionándose exclusivamente por toda Cataluña, y ya a mediados del siglo XVIII, 16 eran los destacamentos del cuerpo existentes en todo el Principado y más de 125 los integrantes del mismo. La expansión del cuerpo fue aumentando a finales del XVIII y a principios del XIX.

No hay duda del origen borbónico del cuerpo, aunque se intente negar su propia historia, de forma oficial en su página web, pero la historia es la que es, y Nuria Sales retrata en su libro “Història dels Mossos d´Esquadra” que fueron y que representó este cuerpo:

“El origen de las escuadras es tan felipista como su fundador: en la guerra de sucesión se llamaban escuadras las partidas de paisanos armados felipistas”.

Los colores de los “mossos” (azul y rojo) pertenecen a los de la corona francesa, que como relata Nuria Sales:

“A través de las épocas, quedan como constante en el uniforme de los mozos de escuadra los colores azul y rojo (colores borbónicos), el gambeto y la curiosa mezcla de alpargatas y sombrero de copa”.
















Manuel Milà i Fontanals, personaje principal de la “Renaixença”, recogió en el libro “Romancer Català” una poesía popular titulada “Expedició a Portugal” en que se habla de la vestimenta de los “Mossos” y su indiscutible vinculación española:

“Barcelona ciutat gran, bandera n´hi ha parada
bandera de foc i sang, que es senyal de guerra mala,
Som soldats
Som soldats del Rei d´Espanya
Som soldats.
No serà tan mala, no, com el Rei l´ha cridada
A barcelona anirem, minyons, a sentar-ne plaça,
uniforme portarem, per servir al rei d´Espanya:
espardenya blava al peu, veta fins a mitja cama,
el barret engalonat, com a mossos de l´esquadra.”


(“Barcelona ciudad grande, bandera hay parada
bandera de fuego y sangre, que es señal de guerra mala,
somos soldados
somos soldados del rey de España
somos soldados.
No será tan mala, no, como el rey la ha llamado
A Barcelona iremos, muchachos, a sentar su plaza,
Uniforme llevaremos, para servir al rey de España:
alpargata azul en el pie, veta hasta media pierna,
el sombrero engalanado, como mozos de la escuadra”).


Los “Mossos” existieron hasta 1868 en que el general Prim decretó la disolución de las “Esquadres de Catalunya”, basándose en que la Guardia Civil, creada por el Duque de Ahumada, militar de ascendencia catalana, hacía la misma función que los “Mossos” y que era pagada por el Estado, mientras los “Mossos” los pagaban los ayuntamientos y las diputaciones, aunque influyó mucho su carácter borbónico.

Cuando renacieron en 1875, con el advenimiento de los Borbones al trono, solo fue Barcelona y su propia Provincia donde volvieron a asentarse, ya que las otras tres provincias catalanas con sus respectivas Diputaciones, optaron por la presencia única de la Guardia Civil produciéndose por tanto un incremento en la expansión territorial de este cuerpo. El tema económico fue básico en esta determinación, al igual que en su disolución de 1868. Mientras la Guardia Civil era pagada por el Estado, los "Mossos d’Esquadra" recibían su salario de la Diputación de cada provincia, de ahí que Tarragona, Gerona y Lérida prefirieran utilizar esa partida de sus presupuestos en otras incidencias ya que la seguridad venía pagada por el Estado con la Guardia Civil. Barcelona con más recursos, siguió pagando a los "Mossos d'Esquadra”.

Con la proclamación de la II República, los “Mossos” mostraron su rechazo al nuevo régimen debido a su histórica fidelidad monárquica, excepto el capitán de las escuadras de La Garriga, el capitán Escofet, que se ganó, traicionando a sus superiores, el mando de las escuadras.

Los “Mossos d´Esquadra” son un cuerpo policial que se creó como una fuerza monárquica y española.

Los catalanes que combatieron "per l'honra d'Espanya"


Bandera de los voluntarios catalanes

El 11 de septiembre de 1714 las autoridades de la Barcelona asediada por las tropas del Rey legítimo Felipe V tenían clara su idea de España, tal como lo expresaron a sus conciudadanos y defensores en su último bando:

"... la deplorable infelicitat de esta ciutat, en que avuy resideix la llibertat de tot lo Principat y de tota España, ...

...a fi de derramar gloriosament sa sanch y vida, per son Rey, son honor, per la patria y per la llibertat de tota Espanya,..."

No ha sido esa ocasión, tan magnificada en los tiempos recientes cuan silenciados estos párrafos, la única en la que los catalanes combatieron decididamente a favor de la España de la que Cataluña es parte natural y consustancial. Antes y después los catalanes han sabido que, llegado el caso, debían tomar las armas y seguir la bandera de España, como por ejemplo (entre otros muchos que podríamos referir) aquellos que se alistaron para formar una unidad expedicionaria para Cuba donde se desató la guerra. Eran conocidos popularmente como los Tercios Catalanes que, integrados en el Ejército español, participarían en la luego llamada Guerra Grande, de 1868 a 1878, para defender la españolidad de Cuba y, en consecuencia, la integridad territorial de España.


La bandera, cuando estaba
expuesta en el Museo de Montjuich


Al ser una Unidad de voluntarios se dotaron de ciertas peculiaridades en su uniforme, como la típica barretina roja, verdadero símbolo de la catalanidad. Como todos los batallones del Ejército, su bandera era de los colores nacionales de España, en cuyo centro iban las armas del Principado y en sus esquinas las de las cuatro provincias catalanas: Barcelona Tarragona, Lérida y Gerona y que hasta ahora ha estado conservada cerca de los descendientes de aquellos valientes, en el recientemente cerrado Museo Militar de Montjuich. Fueron tantos catalanes como la fuerza de un batallón denominado oficialmente de Voluntarios Catalanes Cazadores de Barcelona, pero volvieron sólo 40. Eso es sacrificio por España.

Aquel capítulo de la Historia fue entonces tan significativo que se dijo que esos catalanes fueron a Cuba "vetllant per l'honra d'Espanya" y merecieron el cuadro conmemorativo "Embarque de los voluntarios catalanes en el puerto de Barcelona" que el catalán Ramón Padró pintó en 1870, con Montjuich al fondo, y que pertenece al Museo Marítimo de las Atarazanas de Barcelona. Y su presencia en Cuba no pasó desapercibida pues hubo referencias a ellos en marquillas de los puros allí confeccionados. El mismo Padró ilustró un artículo en la prensa de la época, que decía:


"LOS VOLUNTARIOS CATALANES EN CUBA”


Ilustración de Ramón Padró


...presentamos hoy en esta página un retrato, del natural, de uno de los bravos hijos de Cataluña que se alistaron desde luego bajo la bandera de España, para combatir la inicua insurrección que estalló en las vegas de Yara, contra la integridad y la honra de la patria.

Como ven nuestros suscritores, los voluntarios catalanes traen a la memoria, con su histórico traje, el recuerdo de aquellos valientes almogávares que a las órdenes de Roger de Flor realizaron fabulosas hazañas en la hermosa Grecia, en las postrimerías del imperio de los Paleólogos.

Y si la ocasión lo presentase, (...), estamos seguros de que los voluntarios catalanes renovarían en nuestros tiempos los heroicos hechos de sus indomables antecesores y se oiría de nuevo el ¡desperta ferro! de los antiguos almogávares.

Réstanos decir que el retrato a que se refieren estas líneas pertenece a uno de los arrojados voluntarios catalanes que tomaron a los insurrectos cubanos la canoa y bandera de que..."

Aquellos voluntarios catalanes y su defensa de España merecen ser recordados en su justa medida.

Antonio de Capmany de Montpalau i de Surís


Antonio de Capmany y de Montpalau i Surís, (1742-1813) fue un militar, filósofo, historiador, economista y diputado de las Cortes de Cádiz representando a Cataluña nacido en Barcelona el 24 de noviembre de 1742, de familia barcelonesa y gerundense. Estudió Lógica y Humanidades en Barcelona entrando posteriormente en el ejército. Como subteniente de la infantería de Cataluña participó en la guerra con Portugal en 1762 pero volvió a la vida civil en 1770, y pasó a ocuparse, por encargo del gobierno, de la organización de una colonia de catalanes en sierra Morena en el contexto de la repoblación que Carlos III había planeado para las tierras altas de Andalucía, para lo cual también se introdujeron varios miles de colonos católicos alemanes y flamencos.

Ingresó en la Real Academia de la Historia, de la que en 1790 fue nombrado secretario perpetuo.

Dedicó varios estudios a la lengua castellana, por los cuales, así como por la calidad de su ingente producción, fue incluido por la Academia Española en el Catalogo de autoridades del idioma.

Fue un apasionado defensor de la lengua y la cultura española en una época de preponderancia cultural francesa en toda Europa. En 1806, dos años antes de la invasión francesa, envió varias cartas a Godoy denunciando el afrancesamiento de las costumbres españolas y reclamando una política de recuperación de los valores nacionales españoles:

“Me atrevo a exponer a V.E. algunas ideas, hijas de mis ardientes deseos de volver los españoles a sus antiguos afectos y carácter (…). No es sola la fuerza física de los cuerpos, sino la fuerza moral de los ánimos, la que constituye la fuerza de una nación: no basta el poder de las armas ni la destreza en su manejo para construir la potencia de una monarquía, si faltan el espíritu, la confianza y el brío en los que han de defenderla (…). En otro tiempo la religión hacía obrar prodigios; el apellido de ¡Santiago! Convocaba y alentaba los guerreros; el nombre de ¡Españoles! Inflamaba porque envanecía; y el recuerdo de la Patria infundía deseos de salvarla al noble, al plebeyo, al clérigo y al fraile. (…). Hoy que es moda, gala y buena crianza celebrar todo lo que viene del otro lado de los Pirineos, y olvidar afectadamente todo lo que huele a nuestro suelo (…). ¿Qué le importaría a un Rey tener vasallos si no tuviese nación? A ésta la forma, no el número de individuos, sino la unidad de las voluntades, de las leyes, de las costumbres y del idioma, que las encierra y mantiene de generación en generación (…). Donde no hay nación no hay patria: porque la palabra “pays” no es más que tierra que sustenta personas y bestias a un mismo tiempo.”

Se rebeló contra la invasión francesa y de su pluma salieron, en aquellos bélicos años, varios opúsculos patrióticos dirigidos a defender España con la palabra ya que a su edad, la invasión napoleónica le sorprendió en Madrid a los sesenta y siete años, le impedía hacerlo con las armas.

En el primero de ellos, Centinela contra franceses, escribió:

“No es éste tiempo de estarse con los brazos cruzados el que puede empuñar la lanza, ni con la lengua pegada al paladar el que puede usar el don de la palabra para instruir y alentar a sus compatriotas. Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la patria corre peligro y pide defensores: desde hoy todos somos soldados, los unos con la espada y los otros con la pluma. Ya vino el día en que pueden salir del pellejo los corazones y puedo yo añadir que he llegado dichosamente a la época de mi edad en que el hombre de bien y el buen ciudadano, ni por esperanza de mejor fortuna, ni por temor de la muerte, debe hacer traición a su conciencia. ¿Qué diría de mí la patria? ¿Qué pensarían los buenos y los malos de mi silencio? ¡Yo mudo ahora! ¡Yo, que hace tantos años que no he empleado la pluma y mi celo sino en honra y gloria de mi nación, ahora sin dar señales de vida en el momento en que el enemigo de la Europa maquina su esclavitud o su desolación! ¡Manos a las armas y Dios bendiga la noble intención de tan santa empresa!

Con esta guerra volveremos a ser españoles rancios a pesar de la insensata currutaquería, esto es, volveremos a ser valientes, formales y graves. Tendremos patria, la amaremos y defenderemos (...).Tendremos costumbres nuestras, aquellas que nos hicieron inconquistables a las armas y a la política extranjera. Cantaremos nuestras jácaras, bailaremos nuestras danzas, vestiremos nuestro antiguo traje. Los que se llaman caballeros montarán nobles caballos, en vez de tocar el fortepiano y de representar caseros dramas sentimentales apestando a francés. Volveremos a hablar la castiza lengua de nuestros abuelos, que andaba mendigando ya, en medio de tanta riqueza, remiendos de jerga galicana (…) Nuestra lengua volverá a ser de moda cuando el ingenio y seso de los españoles produzca obras dignas de la posteridad, y cuando la moral y la política, cuya jurisdicción vamos a fijar, salgan en traje y lenguaje castellano. (…).

¡Oh, incautos españoles! Aún creo que no habéis temido todo lo que podríais temer de las inicuas ideas de Bonaparte, hecho dueño de España. Preveíais éstos y los otros trastornos, contribuciones, conscripciones, abolición de vuestras leyes, ruina de vuestra santa Religión, pérdida de las Américas, etc., etc. Pero, ¿estabais seguros de que no había de poner la España por el modelo de los demás países que domina mediata o inmediatamente? ¿Estabais seguros de que, tomando en todo por pauta a su organizada Francia, no os dividiría en departamentos, distritos, prefecturas, etc., quitando el nombre y la existencia política a vuestras provincias y acaso el nombre mismo de España, imponiéndola el de Iberia o Hesperia, según la manía pedantesca de sus transformaciones, para que así nuestros nietos no se acordasen de qué país fueron sus abuelos? (…).

¡Españoles ilustres, provincias que os honráis con este timbre glorioso y que juntas formáis la potencia española y que, reduciendo vuestras voluntades en una sola, haréis para siempre invencible la fuerza nacional: unión, fraternidad y constancia!”

Poco después, insatisfecho con lo escrito, publicó una segunda parte en la que amplió el llamamiento bélico a sus compatriotas:

“Vuelvo a tomar la pluma, amados lectores, más de agradecido que de confiado. Bien sé de mí que no había dicho todo lo que podía, ni todo lo que exigía la importancia del asunto, ni con toda la vehemencia de que era capaz mi indignación (…).

¡Oh, ilustres y valerosas provincias! Ni los libros, ni los políticos, ni los filósofos os enseñaron la senda de la gloria. Vuestro corazón os habló y os sacó del arado y de los talleres para el campo de Marte, y os dijo: sangre generosa, sangre española, ¿para qué la conservo en vuestras venas, sino para derramarla en defensa de la Patria que os dio el ser y juntamente el valor? (…).Vosotros habéis hecho ver ahora al mundo que el pueblo es la nación, pues de su masa sale todo: el sacerdote, el magistrado, el guerrero y hasta la sabiduría (…).

Para conseguir la verdadera independencia de nuestra nación por los siglos de los siglos es preciso comenzar por la reforma de nuestras costumbres, no sólo como cristianos, sino como políticos (…).Corrijamos nuestras costumbres volviendo a ser españoles de chapa y de calzas atacadas (…).Mudemos la piel vieja, que en cierta gente muy leída aún huele a francés (…).Si tarda más tiempo en venir nuestra redención, gracias a la agresión de nuestros pérfidos aliados, no sólo se acabará de estragar la lengua española, sino que se hubiera acabado de todo punto con el refuerzo de gabachos que venían a sentar sus reales en nuestra casa como en la suya propia, pues no sólo se había alterado la índole y frase, mas también el vocabulario castellano, con la pestilencia de tanto traductor jornalero y de la adulterina parla de tanto joven que volvía de la romería de París transformado en arlequín (…).

¿Podría mi pluma olvidarse de tributar el debido honor y reconocimiento a los guerreros que están a la vista del enemigo y en campaña, y a los alistados que vuelan a los ejércitos a ser compañeros de sus gloriosos trabajos? ¡Oh, vosotros todos, hermanos de armas y de voluntad, hijos, no de Marte, que es mentida deidad, sino de España, madre verdadera de varones esforzados! (…).

La patria os está mirando, bizarros guerreros, y los que no podemos acompañaros con las armas, os seguimos con los corazones (…). Adonde quiera que os lleve la Fortuna, lleváis la patria con vosotros. Cuando perecierais todos, iremos los viejos, los niños y las mujeres a enterrarnos con vosotros, y las naciones que trasladen a esta desolada región sus hogares y su servidumbre, leerán atónitas: AQUÍ YACE ESPAÑA LIBRE. Y yo doy aquí fin a este escrito por no morirme antes de tiempo.”

El 4 de septiembre de 1812 pronunció un virulento discurso contra los españoles partidarios de José Bonaparte:

“Mi enfermedad no es física, es moral, es enfermedad de amor, de amor a la Patria (…). Necesito, para dilatar y refrescar mi corazón, besar las piedras de Madrid rescatado (…). ¡Qué me importa que hayan salido de la Capital los enemigos armados de la España por una puerta, si entran por la otra los enemigos de la Patria (…)! ¡Yo me despido de ti, corte de Fernando, cabeza y centro de los Patriotas españoles! Seré yo el desterrado mientras vivan otros dentro de tus muros, indignos de ser tus moradores (…). Claman justicia los niños que quedaron sin padre, que murió por la Patria, o en batalla, o en la horca (…)”

No pudo Capmany regresar a su añorado Madrid y disfrutar de la victoria final sobre los invasores. Murió en Cádiz el 14 de noviembre de 1813.

Su lápida rezaba:

“Aquí yace el filólogo Antonio Capmany y Montpalau, diputado por Cataluña en las Cortes generales y extraordinarias. Sus obras literarias y sus esfuerzos por la independencia y gloria de la Nación perpetuaron su memoria”.

Sus restos fueron trasladados años después al cementerio del Este de su ciudad natal.

martes, 1 de junio de 2010

Consulta a los grandes historiadores catalanes


La interpretación de la historia de Cataluña se vuelve a veces muy difícil y enojosa porque desde la segunda mitad del siglo XIX la historiografía romántica catalana se infecta de preocupaciones políticas y se dedica, en buena parte, a respaldar las pretensiones oportunistas del nacionalismo y aun del separatismo catalán, a veces con una capacidad de manipulación sencillamente insólita. Primero, ya en el siglo XX surgió la manía de considerar a Vifredo el Velloso poco menos que como fundador de la Cataluña independiente. Nada importaba a los promotores de tales ensueños el hecho cierto de que en el siglo de Vifredo faltaban siglos enteros para que apareciera el nombre de Cataluña; la manía persistió tenaz hasta despeñarse en el despropósito. En vista del fracaso, algún genio de la Historia negra que formaba parte de la corte cultural de ex presidente Pujol se inventó muy oportunamente nada menos que la conmemoración del Milenario de Cataluña para el año 1988; so pretexto de que en 988 el conde de Barcelona Borrell II había dejado sin respuesta una carta del rey de Francia Hugo Capeto en el que el rey pedía al conde que acudiese a su presencia, cosa que Borrell no hizo (ni tampoco el rey había acudido a la cita). En tan deleznable motivo fundaba el señor Pujol todo un Milenario de Cataluña, que en 988 no existía como unidad, ni se llamaba Cataluña.

Prefiero acudir, para la historia de Cataluña, a dos notabilísimos historiadores catalanes, además de don Ramón de Abadal. Uno es el profesor Marcelo Capdeferro, en su espléndido libro Otra historia de Cataluña, y sobre el cual la censura cultural de la Generalidad catalana tendió un silencio temeroso más negro aún que el del conde Borell. Otro es Jaime Vicens Vives, en su Aproximación a la Historia de España, en cuya autoridad indiscutible me apoyo para formular las siguientes consideraciones:

Jaime Vicens Vives esboza en varios puntos de su maravilloso libro el nacimiento de Cataluña, que no nació en 988 como realidad histórica ni siquiera como nombre; faltaban siglos para el nombre, y la entidad que se conocería como Cataluña tampoco brotó formalmente en un momento dado, sino como una confluencia –muy posterior- de carácter vital, sin una fecha concreta para el arranque. Vayamos a Vicens:

1. La reivindicación hispánica en el Cantábrico. “Astures y cántabros, que siempre habían sido los grupos más reacios a ingresar en la comunidad (romana) peninsular, se erigieron en continuadores de la tradición hispánica” (Vicens p.60). La resurrección de esta tradición hispánica es, por tanto, anterior al nacimiento de Cataluña; data del mismo siglo VIII en el que se produjo la invasión islámica de la Hispania romano-visigoda. Sánchez Albornoz ha demostrado que el rebrote de esa tradición hispánica es virtualmente simultáneo con la rebelión asturiana contra el invasor. Y es que conviene estudiar siempre la historia de Cataluña donde realmente se desarrolla desde principio a fin, en el contexto hispánico.

2. La situación europea e hispánica del embrión catalán. Pero la resistencia, la reacción y la recuperación hispánica surgieron también en los Pirineos orientales, sobre lo que sería solar catalán. Por impulso que fue también europeo. “Carlomagno incorporó a su imperio a los condados catalanes surgidos en el curso de sus campañas entre 785/801, los que fueron englobados en un cuerpo político mal definido, llamado Marca Hispánica”. (Vicens p.62).

3. Este cuerpo mal definido ¿era algo semejante a una nación? De ninguna manera; los núcleos hispánicos de resistencia eran “desde Galicia a Cataluña, simples islotes-testimonio ante la marea musulmana” (Vicens p.59).

4. La dependencia catalana de Francia –que no se dio en el reino de Asturias- se trasluce en la ausencia de un reino catalán; jamás existió un Rey de Cataluña. Incluso cuando se produjo la relativa y problemática desobediencia del conde Borrell II estamos dentro del periodo de dependencia señalado por Vicens:

“Pese al establecimiento de una dinastía condal propia por obra de Vifredo el Velloso (874-898), él mismo descendiente de Carcasona en el Languedoc, es evidente que durante dos centurias los condados catalanes latieron al ritmo de Francia” (Vicens p.62).

5. La Cataluña originaria (que no se llama todavía Cataluña) no era nación, sino políticamente un conjunto de divisiones administrativo-militares (condados no unificados), aunque también genéricamente un pueblo que iba alumbrando –en su dependencia de Europa y en su lucha contra el Islam- profundos rasgos originales de personalidad. Lo mismo que Castilla, que por cierto parece significar lo que Cataluña y nacía casi a la vez que su hermana pirenaica, europea y mediterránea: “Es en la época del obispo Oliba cuando cristaliza definitivamente la conciencia catalana de formar una personalidad aparte. Una generación más tarde, el conde barcelonés Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076) definía, en el famoso Código de los Usatges, el carácter jurídico y social peculiar del país” (Vicens p.67). Pero Capdeferro, que ha arrinconado con toda razón algunas persistencias sobre Vifredo el Velloso, a quien la leyenda catalanista quiso hacer el creador de Cataluña, se apoya en las investigaciones de Fernando Valls Tabemer para retrasar la conformación propiamente dicha de los Usatges hasta el siglo XV, cuando se tradujo al catalán la compilación hecha en el siglo XI bajo Ramón Berenguer I (Otra historia de Cataluña p.47)

6. En todo caso la famosa desobediencia del conde Borrell II en 988 no inició, como se pretendía conmemorar artificialmente en el presunto Milenario de 1988, un periodo soberano, ni menos nacional del que mucho después se llamaría no reino, sino principado de Cataluña.


Ya hemos visto cómo, según Vicens, continuó de iure la dependencia de Francia en el caso del principal de los condados catalanes; pero es que además existían otros, fuera de la órbita de Barcelona durante siglos. Y encrespadas las relaciones institucionales (no formalmente rotas) con el Rey de Francia, “no existía aún dentro de la propia Cataluña (que tampoco existía como tal) el poder superior que pudiese sustituir al Rey de Francia; precisaba buscarlo fuera”.

Este poder soberano superior era la Santa Sede, a la cual se enfeudaron los condes de Barcelona, por ejemplo Ramón Berenguer III el Grande (1090-1131).

Conviene insistir en la aparición simultanea de Castilla y Cataluña: “He aquí un momento trascendental en el porvenir peninsular. Aparece ahora realmente Castilla en la historia. El pueblo castellano –de sangre cántabra y vasca- se configura en una sociedad abierta, dinámica y arriesgada como lo es toda estructura social en una frontera que avanza” (Vicens p.68-69) Nace así, paralela a la personalidad de Cataluña, la personalidad de Castilla, con el mismo nombre, el mismo horizonte, con la misma lucha, con el mismo destino. (Nacen, matizaríamos, las realidades globales, no los nombres. Nace, plena y unitaria, Castilla. Nace, como espíritu, aunque todavía dividida, Cataluña. Pero la intuición de Vicens sobre el paralelismo de esas dos fuentes de España es, en lo esencial, admirable).

En el condado de Barcelona, Ramón Berenguer I reunió los estados hereditarios, pero el gran conde reconquistador en esta época fue Ramón Berenguer III el Grande, en el primer tercio del siglo XII. Incorporó los condados de Besalú y Cerdeña; repobló la tierra de Tarragona, donde consolidó la sede arzobispal; conquistaba, efímeramente, la isla de Mallorca.

A largo plazo, el matrimonio de la única hija del rey Ramiro II de Aragón, doña Petronila, con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona en el año 1137 sería un paso decisivo para la unidad de España. Acudamos nuevamente al magisterio catalán e hispánico de Jaime Vicens Vives.

Vivían los condados catalanes, aun después de la presunta (y falsa) independencia de uno de ellos, bajo una distante soberanía francesa (Vicens p.79) cuando van a integrarse en su primera realidad estatal propia, que no es un Estado catalán sino la gloriosa Corona de Aragón. La presión expansiva de Castilla, la remota soberanía francesa en competencia con la más efectiva del Papa y la discreta, pero resuelta actitud de la Santa Sede “echaron a los aragoneses en brazos de los catalanes y obligaron en cierta medida a la aceptación de esa fórmula de convivencia” (Vicens p.78-79).

“Fue, pues, la decisión catalana la que contribuyó al nacimiento (pleno) de la Corona de Aragón –por el matrimonio del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona con la infanta Petronila, hija de Ramiro II de Aragón-. Acostumbrados los condes barceloneses a la coexistencia de varias soberanías en el país catalán (condados de Barcelona, Urgell, Rosellón, etc.) impulsaron un mutuo respeto a las características de los dos Estados (mejor, diríamos nosotros, el Estado y el condado) que se unían en aquella ocasión en un régimen de perfecta autonomía” (Vicens p.78-79). Cuando se afirma, pues, políticamente el gran condado de Barcelona, clave aunque todavía no totalidad de Cataluña, lo realiza hacia la unión en una entidad superior, no hacia la disgregación. Maravilloso el acorde final de Vicens Vives: “El nacimiento de una España viable, forjada con el tridente portugués, castellano y catalano-aragonés es el mérito incuestionable de Ramón Berenguer IV. Pluralismo que jamás excluyó la conciencia de una unidad de gestión en los asuntos hispánicos” (Vicens p.80).

Por su parte, Capdeferro recuerda que la unión de Ramón Berenguer IV y Petronila no fue la de Cataluña y Aragón, como suele repetirse; primero, porque no existía aún el nombre ni la realidad completa de Cataluña; segundo, porque dentro del territorio catalán convivían, junto al gran condado de Barcelona, otros varios independientes de él, como el Pallars Jussá, Rosellón, Pallars Subirá, Ampurias y Urgel.

Ramón Berenguer IV nunca utilizó el título de Rey; gobernó Aragón pero sin esa dignidad. Sus herederos se llaman reyes de Aragón y condes de Barcelona; el condado fue pasando a segundo y tercer término dentro de la titulación de la Corona aragonesa, como se lamentan algunos historiadores nacionalistas que también se mostrarán disconformes –siete siglos después- con la “debilidad” generosísima que Jaime I el Conquistador demostró hacia Castilla. Y es que los grandes reyes, en su tiempo, veían mucho más claro que algunos grandes –y sobre todo pequeños- historiadores que escriben en el nuestro.


Notas:

Texto sacado del libro “Historia Total de España” de Ricardo de la Cierva.

Fernando Sor


El que pasaría a la historia por ser el compositor para guitarra más importante del siglo XIX nació en Barcelona el 13 de febrero de 1778.

De familia acomodada, estudió música en la escolanía de Montserrat, de donde salió para ingresar en la academia de oficiales del Ejército, siguiendo la tradición militar de su familia.

Con diecisiete años se alistó voluntario para luchar contra los franceses en la Guerra de la Convención (Guerra Gran).

Cuando los franceses entraron en España en 1808 se encontraba viviendo en Málaga. En abril de ese año se había trasladado a Madrid, donde asistió al levantamiento del 2 de mayo. Ante los violentos hechos madrileños Sor se alistó de nuevo en el ejército, si bien su actividad fue más importante en el campo musical: a él se debió la música del Himno de la Victoria –con letra de Juan Bautista Arriaza- que entonaron las tropas del general Castaños al hacer su triunfal entrada en la capital de España tras la victoria de Bailén, y que pronto sería cantado por todo el país. Un extracto de aquel himno:


“Venid, vencedores, de la Patria honor,
recibid el premio de tanto valor.
Tomad los laureles que habéis merecido,
los que os han rendido Moncey y Dupont.
Vosotros, que fieles habéis acudido
al primer gemido de nuestra opresión.
Venganza os llamaba de sangre inocente,
alzasteis la frente que jamás temió.
Y al veros, los dueños de tantas conquistas
huyen como aristas que el viento arrolló.
Vos de una mirada que echasteis al cielo
parasteis el vuelo del Águila audaz;
Y al polvo arrojasteis con iras bizarras
las alas y garras del ave rapaz.
Llegad ya, provincias, que valéis naciones,
ya vuestros pendones deslumbran al sol:
pálido el Tirano tiembla, y sus legiones
muerden los terrones del suelo español.
¡Oh, qué hermosos vienen! ¡Su porte, cuán fiero!
¡Cuál suena el acero! ¡Cuál brilla el arnés!
Estos son guerreros valientes y bravos,
y no los esclavos del yugo francés.
Funesto es el día, francés orgulloso,
y el campo ominoso que pisas también:
la sombra de Alfonso, con iras más bravas,
su gloria en las Navas defiende en Bailén.
¡Oh, cuán claros veo brillar en sus ojos
los fieros enojos que van a vengar!
¡Oh, cuánto trofeo que ganó su espada,
verá consolada la Patria en su altar!
¡Oh Patria, respira de males prolijos,
descansa en los hijos que el cielo te dio!
ni temas que el arte falte a su fortuna:
soldados la cuna naciendo los vio.
Tiempo es ya que altiva la frente levantes,
pues llegan triunfantes los hijos del Cid.
Venid, vencedores, columnas de honor,
la Patria os da el premio de tanto valor”.


La alegría, sin embargo, duraría poco. Ante la derrota de Bailén un contrariado Napoleón se ponía en persona al mando de la invasión de España, que sería consumada tras una brillante campaña y con la que restauraría a su hermano José en el trono.

Los restos del vencido ejército español y numerosos civiles huyeron hacia Andalucía ante el irrefrenable empuje del ejército imperial. Sor fue uno de los que se refugiaría en Sevilla, donde se había establecido la Junta Central. Durante su estancia en la capital andaluza en 1809 compondría otro himno patriótico, con letra del mismo Arriaza y que también conseguiría gran eco popular, Los defensores de la Patria. A continuación podéis leer un extracto de aquel himno:


“Partamos al campo, que es gloria partir.
La tropa guerrera nos llama a la lid.
La Patria oprimida con ayes sin fin
convoca a sus hijos, sus ecos oíd.
iQuién es el cobarde, de sangre tan vil,
que en rabia no siente sus venas hervir!
¡Quién rinde sus sienes a un yugo servil,
viviendo entre esclavos, odioso vivir!
Sabrá el suelo patrio de rosas cubrir
los huesos del fuerte que espire en la lid.
Mil ecos gloriosos dirán: Yace aquí
quien fue su divisa triunfar o morir
Vivir en cadenas
¡Cuán triste vivir!
Morir por la Patria
¡Qué bello morir!”.


Sor fue nombrado capitán del regimiento de voluntarios de Córdoba, si bien es posible que no llegase a entrar en combate debido a la fulminante ocupación francesa, que abortó buena parte de los intentos de organizar la resistencia. Éste fue el momento clave en la vida de Fernando sor. Su ideología liberal y el hecho de creer consolidado el poder napoleónico en España le llevaron, al igual que a numerosos afrancesados, a prestar juramento de fidelidad a José Bonaparte y a trabajar en la nueva administración ocupando el cargo de comisario de la provincia de Jerez, para lo cual su conocimiento de la lengua francesa hubo de ser factor primordial.

A pesar de esta colaboración con el invasor, la fidelidad política de sor no acabaría nunca por quedar aclarada. Aunque no saldría a la luz en el momento de su composición (1812) sino bastantes años después, durante su actividad como funcionario de la administración napoleónica en Andalucía compondría la Canción relativa a los sucesos de España desde la partida del rey Fernando VII hasta el fin del año 1812 –más conocida por su verso inicial A dónde vas, Fernando incauto-, en la que trasladó al pentagrama, a la vez que una justificación de su actitud, sus amargas reflexiones sobre la división nacional que la guerra había provocado, división que deploraba y que, sin duda, correspondía a lo que él mismo sentía como patriota español y, a la vez, partidario de las ideas surgidas de la Revolución Francesa.

En esta ocasión, Sor fue el autor tanto de la música como de la letra:


“A dónde vas, Fernando incauto, no salgas de tu nación,
mira que un pueblo que te adora sabe quién es Napoleón;
Huye del lazo que te tiende, burla su ardid y su intención
(…).
Mas como el bueno a todos juzga según su noble corazón,
juzgó Fernando incompatible con la diadema la traición,
de la amistad dudar no supo aquel que engaños estudió,
silencio impuso a sus vasallos y su camino prosiguió
(…).
El que su amigo se llamaba, que le ofreció su protección,
le despojó de su corona y en castillo le encerró.
Los españoles, irritados contra perfidia tan atroz,
juran vengar a su monarca y honrar el nombre de Español:
A un tiempo el grito de venganza por toda España resonó,
y todos toman por divisa su Rey, su Patria y Religión
(…).
Por otra parte los malvados que de España son borrón,
se entregan al asesinato, al robo y la devastación;
y sirve el nombre de Fernando de impunidad a la agresión.
Los españoles dividieron en este caso la opinión;
los que evitar quieren estragos recurren a la sumisión;
juzgan inútil y aun funesta tan pertinaz obstinación,
y que la lucha proseguida completará su destrucción.
Los que imaginan que la Patria puede encontrar su salvación
por otros medios diferentes, huyen al último rincón
(…).
La triste España hecha el teatro de la desgracia más atroz,
mira a sus hijos divididos; ¡Oh desventura la mayor!…
Éste a aquél trata de insensato, y aquél a aquéste de traidor…
mal haya amén el ambicioso que ocasionó tal división.
Oh Dios inmenso, que leyendo en el humano corazón
ves cuáles son mis sentimientos y mis deseos cuáles son,
une los votos españoles, cese la fiera disensión;
vivamos todos como hermanos, que así prospera una nación”.


Tras tres años de guerra, los franceses acabaron evacuando el país que tan poco les había costado ocupar y que se había mostrado imposible de vencer. El afrancesado Sor hubo de salir de España junto los franceses y unos cuantos miles de compatriotas en su misma situación.
Sor jamás regreso a su patria.

Los últimos años de su vida, retirado de la actividad concertística y dedicado al profesorado, fueron muy amargos para Sor. Su esposa y su hija adolescente murieron con pocos años de diferencia, lo que le dejó solo y amargado. Además, un cáncer de lengua le privó del habla, y tras una larga y dolorosa agonía, le provocó la muerte el 8 de julio de 1839.

Judit Mascó


Judit Mascó, modelo catalana y por lo tanto española.



Declaraciones de Judit Mascó a la revista Elle:

“Yo soy catalana, mis padres fueron maestros de catalán desde la clandestinidad. A veces hay cierta vergüenza por nuestra bandera, la de España, que solo el deporte ha limpiado con un sentimiento de orgullo en todos”.

sábado, 1 de mayo de 2010

Joan Maragall


Junto a Verdaguer, la otra cumbre de la poesía catalana de la época de plenitud de la Renaixença fue Joan Maragall i Gorina.

Nació en Barcelona en el seno de una familia burguesa; hijo de un empresario de la industria textil. Se licenció en derecho en 1884, tras una breve e insatisfactoria experiencia como abogado, su verdadera vocación, la literatura, le llevaría a entrar en 1890 en el Diario de Barcelona.

Hacia 1880 había empezado a darse a conocer como poeta, principalmente gracias a sus traducciones de las obras de su admirado Goethe, aunque su primer volumen de poesías no aparecería hasta 1895.

Desde principios de la década de los noventa se sintió inclinado hacia el incipiente catalanismo político.

Durante años colaboró en diversas publicaciones además de el Diario de Barcelona, como La Veu de Catalunya, L´Avenç y Catalonia.

Llegó el nefasto 1898 y Maragall escribió artículos y poemas contra la intervención militar en las provincias ultramarinas y abogó por una política dirigida hacia la consecución del progreso económico, abandonando la que él consideraba errónea mentalidad militarista que, en nombre de la defensa del honor de la patria, sólo conseguiría la derrota y muerte de muchos soldados españoles.

El 6 de julio de 1898, tres días después de la derrota de la escuadra de Cervera en la batalla de Santiago de Cuba, Maragall publica su famosa Oda a Espanya, un canto de dolor, una elegía casi funeraria, que tiene mucho que ver con la voluntad de resurgir.

Siguiendo el camino señalado desde dos décadas atrás por Pi, Almirall y otros introductores de las ideas federalistas en los tiempos de la Primera República y años posteriores, Maragall consideró que la salvación de España habría de venir por la eliminación del centralismo –lo que él llamaba “la España muerta”- y su sustitución por una estructura federal que diera mayor autonomía y peso a las regiones, sobre todo a las periféricas, más industrializadas y aptas para el desarrollo económico. En su artículo Visca Espanya!, de 1907, defendió la idea de que el verdadero patriotismo español pasaba por la descentralización:

Porque en este Viva España caben todos los que quieren a España de verdad. Los únicos que no caben son los que no quieren caber, los enemigos de la España verdadera. ¿Españoles? ¡Sí! ¡Más que vosotros! ¡Viva España! Pero, ¿cómo ha de vivir España? No arrastrándose por los caminos provincianos del caciquismo; no agarrotada, como hasta ahora, en las ligaduras de un uniformismo que es contrario a su naturaleza (…) ha de vivir en la libertad de sus pueblos; cada uno libre en sí, cogiendo de su propia tierra su propia alma, y de la propia alma el propio gobierno, para rehacer todos juntos una España viva, gobernada libremente por sí misma. Así ha de vivir España. ¡Viva España!”.

Consideraba que Castilla, tras haber cumplido su labor histórica en los siglos en los que, por su pujanza y espíritu religioso, guerrero y aventurero, había dirigido los destinos de toda España, se encontraba agotada y debía pasar el testigo de la gobernación a las regiones que, como Cataluña, habían demostrado una mayor adaptación a las realidades socio-políticas del siglo del industrialismo:

“El espíritu castellano ha concluido su misión en España (…). La nueva civilización es industrial, y Castilla no es industrial; el moderno espíritu es analítico, y Castilla no es analítica; los progresos materiales inducen al cosmopolitismo, y Castilla, metida en un centro de naturaleza africana, sin vistas al mar, es refractaria al cosmopolitismo europeo (…). Castilla ha concluido su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos. El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa que el instinto de este cambio, de este renuevo. Favorecerle es hacer obra de vida para España, es recomponer una nueva España para el siglo nuevo; combatirle, directa o tortuosamente, es acelerar la descomposición total de la nacionalidad española y dejar que la recomposición se efectúe al fin fuera de la España muerta”.

Por este motivo creyó que el regionalismo habría de ser el camino por el que España encontraría se regeneración. Y para ello propuso que España se construyese en un Estado federal formado por los que consideraba sus tres grandes componentes: Castilla, Cataluña y Portugal. Maragall compartió con otros intelectuales catalanistas como Almirall, Casas Carbó y Prat de la Riba la idea de que mediante esta estructura federal sería incluso posible la reunificación con el país vecino, que aportaría la tercera parte que faltaba para lograr la España integral perdida en 1640.

Este ideal quedó reflejado en su Himne Ibèric, poema escrito en 1906.

Maragall echaba la culpa al peso de la España castellana, que arrastraba a las demás regiones por más que desde ellas se intentase renovar la política española. A pesar de ello –y de la contradicción de considerar que “la distinción entre las regiones vivas y las muertas no es rigurosamente geográfica”-, Maragall exigió a los catalanistas –sin gran éxito- que dirigiesen sus esfuerzos no hacia egoístas fines estrechamente catalanes, sino hacia la regeneración de la totalidad de España:

“El catalanismo para ser españolismo ha de ser heroico, y su primera heroicidad ha de ser la mayor; vencerse a sí mismo. Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso sueño”.

Maragall murió en su ciudad natal el 20 de diciembre de 1911. Miguel de Unamuno dedicó unas sentidas líneas a la muerte del amigo con el que había cruzado copiosa correspondencia a lo largo de los años:

“España acaba de perder a su más grande poeta contemporáneo, al que más adentro llegó de sus entrañas. Y llegó a las comunes entrañas ibéricas a través del alma de su Cataluña. A fuerza de catalán era honda, íntima, entrañadamente español”.

El 19 de mayo de 1912 fallecía Menéndez Pelayo, cinco meses después de Maragall y poco más de una año después de Joaquín Costa. De nuevo Unamuno, con ocasión de una nota necrológica dedicada a la muerte del insigne autor montañés, recordó la pérdida que para España había significado la desaparición de estas tres figuras del pensamiento y la política de aquellos días:

“Del pensador o filósofo, del creyente, habrá siempre mucho que decir, pero habrá también que reconocer siempre, por encima de su grandísimo talento, su intenso, su encendido, su noble patriotismo. Amó a España sobre todas las cosas de la tierra, como la amó Joaquín Costa, que tan poca distancia le ha precedido en la muerte, como la amó aquel nobilísimo poeta Juan Maragall. En poco tiempo hemos perdido tres de los más grandes, de los más puros españoles, mientras siguen chachareando tantos patrioteros”.

Marinos catalanes defendiendo su españolidad


En 1674, ante las pretensiones del cónsul flamenco en Cádiz de representar en la ciudad a las "naciones" radicadas en ella para el comercio colonial, el representante de los marinos catalanes escribe a la regente Mariana de Austria, madre de Carlos II, en los siguientes términos:

"Tener Cónsul en una parte y tierra es por las naciones, que son propiamente naciones, pero no por aquellos que son inmediatos vasallos de una Corona, como lo son los cathalanes de la Real Corona de S. M. (q.D.g.), los quales como a propios vasallos son y se nombran españoles, siendo como es indubitable que Cathaluña es España". Y prosugue: "No ha sido ni es de quitar a los cathalanes al ser tenidos por españoles, como lo son, y no por naciones".