jueves, 1 de julio de 2010

Antonio de Capmany de Montpalau i de Surís


Antonio de Capmany y de Montpalau i Surís, (1742-1813) fue un militar, filósofo, historiador, economista y diputado de las Cortes de Cádiz representando a Cataluña nacido en Barcelona el 24 de noviembre de 1742, de familia barcelonesa y gerundense. Estudió Lógica y Humanidades en Barcelona entrando posteriormente en el ejército. Como subteniente de la infantería de Cataluña participó en la guerra con Portugal en 1762 pero volvió a la vida civil en 1770, y pasó a ocuparse, por encargo del gobierno, de la organización de una colonia de catalanes en sierra Morena en el contexto de la repoblación que Carlos III había planeado para las tierras altas de Andalucía, para lo cual también se introdujeron varios miles de colonos católicos alemanes y flamencos.

Ingresó en la Real Academia de la Historia, de la que en 1790 fue nombrado secretario perpetuo.

Dedicó varios estudios a la lengua castellana, por los cuales, así como por la calidad de su ingente producción, fue incluido por la Academia Española en el Catalogo de autoridades del idioma.

Fue un apasionado defensor de la lengua y la cultura española en una época de preponderancia cultural francesa en toda Europa. En 1806, dos años antes de la invasión francesa, envió varias cartas a Godoy denunciando el afrancesamiento de las costumbres españolas y reclamando una política de recuperación de los valores nacionales españoles:

“Me atrevo a exponer a V.E. algunas ideas, hijas de mis ardientes deseos de volver los españoles a sus antiguos afectos y carácter (…). No es sola la fuerza física de los cuerpos, sino la fuerza moral de los ánimos, la que constituye la fuerza de una nación: no basta el poder de las armas ni la destreza en su manejo para construir la potencia de una monarquía, si faltan el espíritu, la confianza y el brío en los que han de defenderla (…). En otro tiempo la religión hacía obrar prodigios; el apellido de ¡Santiago! Convocaba y alentaba los guerreros; el nombre de ¡Españoles! Inflamaba porque envanecía; y el recuerdo de la Patria infundía deseos de salvarla al noble, al plebeyo, al clérigo y al fraile. (…). Hoy que es moda, gala y buena crianza celebrar todo lo que viene del otro lado de los Pirineos, y olvidar afectadamente todo lo que huele a nuestro suelo (…). ¿Qué le importaría a un Rey tener vasallos si no tuviese nación? A ésta la forma, no el número de individuos, sino la unidad de las voluntades, de las leyes, de las costumbres y del idioma, que las encierra y mantiene de generación en generación (…). Donde no hay nación no hay patria: porque la palabra “pays” no es más que tierra que sustenta personas y bestias a un mismo tiempo.”

Se rebeló contra la invasión francesa y de su pluma salieron, en aquellos bélicos años, varios opúsculos patrióticos dirigidos a defender España con la palabra ya que a su edad, la invasión napoleónica le sorprendió en Madrid a los sesenta y siete años, le impedía hacerlo con las armas.

En el primero de ellos, Centinela contra franceses, escribió:

“No es éste tiempo de estarse con los brazos cruzados el que puede empuñar la lanza, ni con la lengua pegada al paladar el que puede usar el don de la palabra para instruir y alentar a sus compatriotas. Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la patria corre peligro y pide defensores: desde hoy todos somos soldados, los unos con la espada y los otros con la pluma. Ya vino el día en que pueden salir del pellejo los corazones y puedo yo añadir que he llegado dichosamente a la época de mi edad en que el hombre de bien y el buen ciudadano, ni por esperanza de mejor fortuna, ni por temor de la muerte, debe hacer traición a su conciencia. ¿Qué diría de mí la patria? ¿Qué pensarían los buenos y los malos de mi silencio? ¡Yo mudo ahora! ¡Yo, que hace tantos años que no he empleado la pluma y mi celo sino en honra y gloria de mi nación, ahora sin dar señales de vida en el momento en que el enemigo de la Europa maquina su esclavitud o su desolación! ¡Manos a las armas y Dios bendiga la noble intención de tan santa empresa!

Con esta guerra volveremos a ser españoles rancios a pesar de la insensata currutaquería, esto es, volveremos a ser valientes, formales y graves. Tendremos patria, la amaremos y defenderemos (...).Tendremos costumbres nuestras, aquellas que nos hicieron inconquistables a las armas y a la política extranjera. Cantaremos nuestras jácaras, bailaremos nuestras danzas, vestiremos nuestro antiguo traje. Los que se llaman caballeros montarán nobles caballos, en vez de tocar el fortepiano y de representar caseros dramas sentimentales apestando a francés. Volveremos a hablar la castiza lengua de nuestros abuelos, que andaba mendigando ya, en medio de tanta riqueza, remiendos de jerga galicana (…) Nuestra lengua volverá a ser de moda cuando el ingenio y seso de los españoles produzca obras dignas de la posteridad, y cuando la moral y la política, cuya jurisdicción vamos a fijar, salgan en traje y lenguaje castellano. (…).

¡Oh, incautos españoles! Aún creo que no habéis temido todo lo que podríais temer de las inicuas ideas de Bonaparte, hecho dueño de España. Preveíais éstos y los otros trastornos, contribuciones, conscripciones, abolición de vuestras leyes, ruina de vuestra santa Religión, pérdida de las Américas, etc., etc. Pero, ¿estabais seguros de que no había de poner la España por el modelo de los demás países que domina mediata o inmediatamente? ¿Estabais seguros de que, tomando en todo por pauta a su organizada Francia, no os dividiría en departamentos, distritos, prefecturas, etc., quitando el nombre y la existencia política a vuestras provincias y acaso el nombre mismo de España, imponiéndola el de Iberia o Hesperia, según la manía pedantesca de sus transformaciones, para que así nuestros nietos no se acordasen de qué país fueron sus abuelos? (…).

¡Españoles ilustres, provincias que os honráis con este timbre glorioso y que juntas formáis la potencia española y que, reduciendo vuestras voluntades en una sola, haréis para siempre invencible la fuerza nacional: unión, fraternidad y constancia!”

Poco después, insatisfecho con lo escrito, publicó una segunda parte en la que amplió el llamamiento bélico a sus compatriotas:

“Vuelvo a tomar la pluma, amados lectores, más de agradecido que de confiado. Bien sé de mí que no había dicho todo lo que podía, ni todo lo que exigía la importancia del asunto, ni con toda la vehemencia de que era capaz mi indignación (…).

¡Oh, ilustres y valerosas provincias! Ni los libros, ni los políticos, ni los filósofos os enseñaron la senda de la gloria. Vuestro corazón os habló y os sacó del arado y de los talleres para el campo de Marte, y os dijo: sangre generosa, sangre española, ¿para qué la conservo en vuestras venas, sino para derramarla en defensa de la Patria que os dio el ser y juntamente el valor? (…).Vosotros habéis hecho ver ahora al mundo que el pueblo es la nación, pues de su masa sale todo: el sacerdote, el magistrado, el guerrero y hasta la sabiduría (…).

Para conseguir la verdadera independencia de nuestra nación por los siglos de los siglos es preciso comenzar por la reforma de nuestras costumbres, no sólo como cristianos, sino como políticos (…).Corrijamos nuestras costumbres volviendo a ser españoles de chapa y de calzas atacadas (…).Mudemos la piel vieja, que en cierta gente muy leída aún huele a francés (…).Si tarda más tiempo en venir nuestra redención, gracias a la agresión de nuestros pérfidos aliados, no sólo se acabará de estragar la lengua española, sino que se hubiera acabado de todo punto con el refuerzo de gabachos que venían a sentar sus reales en nuestra casa como en la suya propia, pues no sólo se había alterado la índole y frase, mas también el vocabulario castellano, con la pestilencia de tanto traductor jornalero y de la adulterina parla de tanto joven que volvía de la romería de París transformado en arlequín (…).

¿Podría mi pluma olvidarse de tributar el debido honor y reconocimiento a los guerreros que están a la vista del enemigo y en campaña, y a los alistados que vuelan a los ejércitos a ser compañeros de sus gloriosos trabajos? ¡Oh, vosotros todos, hermanos de armas y de voluntad, hijos, no de Marte, que es mentida deidad, sino de España, madre verdadera de varones esforzados! (…).

La patria os está mirando, bizarros guerreros, y los que no podemos acompañaros con las armas, os seguimos con los corazones (…). Adonde quiera que os lleve la Fortuna, lleváis la patria con vosotros. Cuando perecierais todos, iremos los viejos, los niños y las mujeres a enterrarnos con vosotros, y las naciones que trasladen a esta desolada región sus hogares y su servidumbre, leerán atónitas: AQUÍ YACE ESPAÑA LIBRE. Y yo doy aquí fin a este escrito por no morirme antes de tiempo.”

El 4 de septiembre de 1812 pronunció un virulento discurso contra los españoles partidarios de José Bonaparte:

“Mi enfermedad no es física, es moral, es enfermedad de amor, de amor a la Patria (…). Necesito, para dilatar y refrescar mi corazón, besar las piedras de Madrid rescatado (…). ¡Qué me importa que hayan salido de la Capital los enemigos armados de la España por una puerta, si entran por la otra los enemigos de la Patria (…)! ¡Yo me despido de ti, corte de Fernando, cabeza y centro de los Patriotas españoles! Seré yo el desterrado mientras vivan otros dentro de tus muros, indignos de ser tus moradores (…). Claman justicia los niños que quedaron sin padre, que murió por la Patria, o en batalla, o en la horca (…)”

No pudo Capmany regresar a su añorado Madrid y disfrutar de la victoria final sobre los invasores. Murió en Cádiz el 14 de noviembre de 1813.

Su lápida rezaba:

“Aquí yace el filólogo Antonio Capmany y Montpalau, diputado por Cataluña en las Cortes generales y extraordinarias. Sus obras literarias y sus esfuerzos por la independencia y gloria de la Nación perpetuaron su memoria”.

Sus restos fueron trasladados años después al cementerio del Este de su ciudad natal.