lunes, 1 de noviembre de 2010

Joaquim Rubió i Ors


Tras una lejana época de glorioso cultivo literario, cuyo apogeo tuvo lugar en los siglos XIII y XIV, la lengua catalana cayó en desuso debido sobre todo a la pujanza de la castellana, que fue adoptada de forma natural por los catalanohablantes como su lengua de cultura. La lengua no se perdió, pues continuó siendo utilizada por la mayoría de los catalanes, sobre todo en las zonas rurales, pero su uso escrito, sobre todo el literario, casi desapareció.

Cuatro siglos después, a mediados del siglo XIX, en coincidencia con el redescubrimiento por toda Europa de otras lenguas regionales caídas en el olvido a causa del prestigio de las lenguas de implantación nacional el catalán, en un principio denominado por todos lemosín, experimentó un espectacular renacimiento que no tardaría muchos años en dar extraordinarios frutos de mano de una pléyade de literarios que se lanzaron a la aventura de volver a escribir en la lengua de Desclot y Muntaner.

Uno de los principales artífices de este renacimiento, conocido universalmente con el término catalán de Renaixença, fue el historiador, ensayista y poeta barcelonés Joaquim Rubió i Ors, nacido el 31 de julio de 1818. Estudió Filosofía y Teología en su ciudad natal, en la que posteriormente obtendría el doctorado en Derecho tras abandonar su inicial vocación eclesiástica.

Tras la publicación en 1833 de la asilada Oda a la Patria de Aribau, ningún otro escritor se había atrevido a romper con el tabú de que la lengua catalana no era apta para el cultivo literario. Ésa había sido la opinión de ilustres autores catalanes de generaciones anteriores, como Capmany (quien la había declarado “lengua muerta para la república de las letras”), y de sus propios días, como Milà i Fontanals, Piferrer y el mismo Aribau.

Pero en 1839 empezaron a aparecer mensualmente en el Diario de Barcelona unos poemas de Rubió i Ors, firmados con el seudónimo Lo Gayter del Llobregat, que serían recogidos en libro dos años después. En su prólogo Rubió se lamentó de estar solo, de que ningún autor contemporáneo considerase la lengua catalana como lengua literaria, y defendió su cultivo en una región bilingüe que para dichos fines utilizaba solamente la castellana.

La aparición de estos poemas causó gran polémica y muchos sinsabores a su autor, pues la gran mayoría de sus paisanos ridiculizaba la pretensión de utilizar literariamente una lengua que consideraban anticuada y sólo utilizable para las relaciones familiares, especialmente entre las clases bajas y rurales. Rubió lo había previsto, pues en dicho prólogo ya avisaba que “a molts los semblarà una extravagancia, un ridícol anacronisme” (“a muchos les parecerá una extravagancia, un ridículo anacronismo”), a la vez que se dolía de que sus paisanos “se avergonyeixen de que se los sorprengue parlant en català, com un criminal à qui atrapan en lo acte” (“se avergüenzan de que se les sorprenda hablando en catalán, como un criminal a quien atrapan en el acto”).

Más de medio siglo después, ya entrado el siglo XX, el creador del nacionalismo catalán, Enric Prat de la Riba, se lamentaba de que “las familias humildes consideran un insulto, una ofensa, que se les escriban en catalán las cartas”.

El hijo de Rubió, Antonio Rubió y Lluch, con motivo de un discurso pronunciado en memoria de su padre en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona en febrero de 1912, explicó esta actitud de los coetáneos de aquél:

“(…) toda una generación ilustre, que amaba la lengua de Castilla con veneración y entusiasmo; que ponía un cuidado extremo en no caer en el menor catalanismo, o en evitar un giro poco castizo; que no comprendía otra lengua literaria nacional que la castellana, ni concebía el catalán poético sino como una lengua convencional, una especie de provenzal o lemosín, muy apartado del hablar común”.

Sin embargo, no tardarían otros autores en seguir la estela de Rubió, entre ellos el hasta entonces reacio Milà i Fontanals, así como Mariano Aguiló, Antonio Bofarull y Víctor Balaguer.
Este impulso acabaría provocando la restauración de los Juegos Florales de Barcelona en 1859.

Aunque hoy no suele recordarse, también escribió Rubió numerosos poemas en castellano, como el titulado A mi patria celebrando la reciente guerra de Marruecos:

“Por eso cuando ayer el africano
intentó mancillar nuestros pendones,
vióse a la sombra del pendón hispano
luchar los catalanes cual leones”

Ya en su madurez, Rubió escribió un largo poema dedicado a la lucha de España contra el Islam titulado De Covadonga a Granada. Estas son sus últimas líneas:

“¡Oh! gloria, España, a ti. Tú la muralla
fuiste do se estrelló el horrendo oleaje
que, de romper la pirenaica valla,
trocado hubiera en su futuro salvaje
en sierva de Mahoma
la Europa que de Roma
de romper acababa el yugo duro.
¡Oh! si,…si sobre Europa la cruz brilla,
y no gime en infame servidumbre;
si en su cerviz no embota su cuchilla,
y su planta no mancha con la herrumbre
de grillos, un tirano
monstruo del africano
suelo, después de Dios, oh patria amada,
débelo al pueblo de la guerra rayo,
y a tus monarcas héroes que, en Granada,
el cruzado pendón que de Pelayo
al pie de Covadonga recibieron,
en la Alhambra triunfante al aire dieron”

Y en otro lugar cantó a la unión de reinos que logró la unidad española tras la fragmentación provocada por la invasión musulmana:

“Poetas de Castilla, si un tiempo fue en que apenas
hubo entre nuestros padres momentos ¡ay! de paz,
y fue el suelo de España liza de ardientes luchas
del castellano altivo y el catalán audaz,
depuestas las querellas, unidos los pendones,
de barras y de torres formándose un blasón,
los antes enemigos trocáronse hermanos
porque uniéronse en una Castilla y Aragón”

En reconocimiento de sus méritos el Gobierno de la Nación le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica.

El 29 de marzo de 1899 fue nombrado rector de la Universidad de Barcelona, cargo que sólo ejerció una semana pues falleció en su ciudad natal el 7 de abril.