lunes, 2 de enero de 2012

Víctor María Concas


El capitán del Infanta María Teresa, buque insignia de la escuadra del almirante Cervera en Santiago de Cuba, fue el barcelonés Víctor María Concas i Palau. Nacido en la capital catalana el 12 de noviembre de 1845, tomó parte a lo largo de su dilatada carrera en numerosas acciones en el Pacífico, Filipinas y Cuba a lo largo de tres décadas de continuas luchas contra los rebeldes.

También se dedicó a la política, fue ministro de Marina, senador vitalicio y consejero de Estado.

En los últimos años de su vida escribió unas memorias sobre la destrucción de la escuadre española en Cuba en las que denunció la responsabilidad de la prensa en la insensata agitación bélica que condujo al desastre así como a los políticos que no prestaron atención a los consejos de los técnicos militares:

“A la prensa española la perdonamos de todo corazón, tanto más cuanto que ante Dios y ante la historia le cabe la parte más principal en la responsabilidad de los desastres de la patria.”

El 3 de julio de 1898, tras la orden de salida de los buques españoles al encuentro del enemigo, el primero en aparecer  por la boca del puerto de Santiago fue el Infanta María Teresa, comandado por Concas. Su intención era sacrificar el buque insignia arremetiendo contra el enemigo para conseguir la concentración del fuego sobre él y la salida sin daños de los demás buques de la escuadra española. Así lo recordó Concas:

“El Almirante mandó izar la señal de levar, y cuando todos los buques contestaron que tenían sus anclas todas ya aseguradas, la señal de salida fue la de ¡Viva España!, contestada con entusiasmo por todas las tripulaciones y por todas las tropas del Ejército (…).
Mis cornetas sonaron el último eco de aquéllas que la historia cuenta que sonaron en la toma de Granada: ¡era la señal de que terminaba la historia de cuatro siglos de grandeza, y que España pasaba a ser nación de cuarto orden! ¡Pobre España!, dije a mi querido y noble Almirante, y éste me contestó significativamente, como diciendo que había hecho cuanto era posible para evitarlo, y que estaba tranquilo en su corazón.”

Colapsado el buque por el nutrido fuego enemigo y herido gravemente Concas, Cervera asumió el mando directo ya sólo para ordenar su embarrancamiento con el fin de facilitar el salvamento de la tripulación y evitar la caída del barco en manos enemigas. Dos marineros lograron sacar a Concas, muy malherido e incapaz de nadar, hasta la orilla.
El Infanta María Teresa recibió 29 impactos de la artillería enemiga y sufrió 70 bajas. El balance final de la batalla se elevó a 350 muertos, 160 heridos y 1.600 prisioneros.
Tras una relación de bajas, muchos de ellos amigos suyos, escribió Concas:

“(…) todos, en fin, habían pagado el horrible tributo a los errores ajenos; y todo para dar una fácil victoria al enemigo y dejarle Cuba, Filipinas y España entera a su inmune disposición; que si tal sacrificio hubiera sido para bien de la patria, aún nos pareciera poco el haber muerto todos por su prosperidad y su grandeza.

Dedicó amargas palabras a los políticos que, en su opinión, habían conducido España al desastre para después pretender juzgar el comportamiento de los marinos y achacarles a ellos la responsabilidad de la derrota:

“Al hecho poco le falta para pertenecer a la historia; aunque no, por cierto, para aquellas familias que aún lloran a sus deudos, ni para los que regamos con nuestra sangre las cubiertas de las naves españolas, que, para complemento de amargura, hemos sufrido después el horrible tormento de tener que callar delante de los que habían hecho jirones la patria y su bandera, por ampararles formalismos de la ley, y contra los que, alta la frente, leales en el consejo, soldados en el peligro y esclavos del deber, somos de los pocos españoles que en todos los ámbitos de la tierra podemos blasonar de no haber dejado de hacer nada de cuanto cumplía a nuestro deber (…).
(…) pues para consolar siquiera la propia conciencia hay que volver tristemente la vista al extranjero para leer, entre otros muchos, en la primera revista de ingeniería del mundo, al hacer el estudio de la guerra hispano-americana, que: Si España estuviese en tan bien servida por sus hombres de Estado y sus empleados públicos como lo ha sido por sus marinos, ¡todavía podría ser una gran nación!”.

El capitán Concas Murió en Montemayor, Cáceres, en 1916.